Día 0: Los preparativos

El comienzo
Esta es la historia de un viaje que comenzó como una aventura en solitario y terminó como un canto al compañerismo y a la camaradería, en uno de los pocos espacios no contaminados por el egocentrismo competitivo en el que vivimos a diario. Porque el camino no solo es un espacio físico. Es, ante todo, un estado emocional que va calando en cada uno de los peregrinos, hasta ser capaz de aflorar los mejores sentimientos y querer compartirlos con los demás. Pero esto ya lo iréis viendo mientras andamos este sendero.
De cuando empecé a pensar en el Camino no tengo una certeza clara. Hace ya tres años que, más o menos, asomó esa posibilidad, aún de forma muy somera, como opción para disfrutar de unas vacaciones en solitario. Al final no me vi preparado y decidí ir a Girona, a tumbarme al sol como manera de pasar ese caluroso mes de junio.
La suma de varios factores se unió esta vez para que tomará esta determinación: por una parte en el trabajo se había añadido una semana más de vacaciones a las ya habituales cuatro. La gran distancia entre la Semana Santa y las vacaciones de verano en este 2008, hacían más atractiva la posibilidad de unirla al puente de mayo. 10 días seguidos parecían tiempo más que suficiente para una escapada interesante.
Por otra parte, el benigno invierno permitió que siguiera rodando con la bici durante todo el año, e incluso incrementé la carga de entrenamientos al comprar la Orbea de carretera, sobre todo con el fin de probar en alguna ciclo turista fácil como la Bilbao-Bilbao. El estado físico es importantísimo para realizar un viaje como este y particularmente a mi me sirvió para reforzar mi autoestima de cara a un reto con resultado, a priori, tan incierto. De hecho tan solo en tres ocasiones había superado los 100 km diarios que en principio programé como distancia media a recorrer durante cada jornada del Camino.
Y por ultimo lo más importante: el empuje de Bego, y mucha gente más que me animó en todo momento y que me ayudó a superar todos esos momentos de duda que me invadían incluso en el mismo momento de la salida. Así que me decidí y me tiré a la piscina.
El equipo
La verdad es que casi todo el equipo, todo lo importante al menos, me lo fueron prestando. Mi mountain bike está un poco destrozada, así que Paco me dejó su bici (eskerrik asko Pak!!), una MMR Magic, con una ikurriña en el tubo, que se comportó de una manera inmejorable y con la que tuve muy buen feeling desde el principio. También gracias a Paco pude conseguir las alforjas, que eran de lo mejor, así como otros elementos como el saco. Total que iba de prestado y por el morro. Creo que solo la ropa era mía.
No pude entrenar con todo el equipo junto porque hasta ultima hora no conseguí reunirlo, así que en Puente la Reina, punto de salida del viaje, sería el primer sitio donde poder calibrar la manera real de comportarse de la bici.
Había leído en chats de internet sobre el equipo que suele llevar la gente a estos viajes, y traté de imitar a los que tienen experiencia. Quizás pequé de precavido llevando demasiadas cosas, pero el ser novato es lo que tiene. Equipaje:
  • Ropa ciclista: 2 culotes, 2 maillots, 2 camisetas interiores, 2 pares de calcetines, 2 de guantes, chamarra, ropa de agua y gorrilla.
  • Ropa de calle: chandal, camiseta interior, chanclas y gorra.
  • Zapatillas: 2 pares.
  • Neceser: Champú, cepillo y pasta de dientes, papel de wc, Ibuprofeno, Almax, Compeed, crema multiusos. Jabón tximbo y pinzas. Toalla.
  • Herramientas: cámara, kit pinchazos, troncha cadenas, multillaves, bomba de aire.
  • Ocio y mapas: libro Memorias de Adriano, mp4, móvil, libreta, boli y porta mapas.
  • Comida: Isostar, barritas energéticas, bocata.
  • Dormir: saco de verano y esterilla.
  • Dinero, tarjetas y documentación.

La planificación
Como siempre internet resulta una herramienta muy útil si sabes lo que quieres buscar, y si sabes como acceder a esa información. Precisamente en la red aprendí de las experiencias de la gente para darme cuenta de lo que necesitaba. La verdad es que tampoco planifique mucho el viaje, dejando el máximo espacio posible a la aventura. La información que llevé se puede resumir en un Detalle Kilométrico de la asociación de Amigos del Camino (que me sirvió de gran ayuda), unos relieves de las etapas (que resultaron no tan reales a veces), y algunos mapas más. Lo demás lo marcaría el Camino: donde comer, descansar o dormir.
Mi primera idea fue salir el mismo día 1 de Roncesvalles/Oreaga, pero al adelantar el partido del fin de semana al jueves, decidí quedarme y salir el viernes día dos. Como no estaba seguro de si me daría tiempo y era de más difícil acceso, preferí adelantar una etapa y salir de Puente la Reina/Garés, lugar al que se puede acceder por autopista en poco más de un par de horas desde Bilbao. Ya conozco esa primera jornada que quedó colgada y ya tendré tiempo en el futuro de recuperarla. Además, y como veréis después, la decisión supondrá el primer gran acierto del viaje, pero esa es otra historia...

Día 1: Puente la Reina - Sotés

Viernes
Casi sin dormir por los nervios, cargo el equipo y me dirijo en mi coche con Bego, mi novia, hacia Puente la Reina. Llegamos sobre las nueve al puente medieval, lugar emblemático elegido como punto de partida del viaje. Lleno de dudas por el incierto destino me puse en marcha. Bego prácticamente me tuvo que obligar a cruzar la carretera y a coger el sendero.
Era un día despejado, después haría calor, y por el momento se iba bien por el camino... o eso creía yo. No había hecho ni seis kilómetros cuando la rueda trasera golpea en la pared de una rodada profunda y me voy al suelo (¡¡yo me quiero ir a mi casa!!), así que, ya con miedo ,llegué a Zirauki. Bonito pueblo este, empedrado y con cuestas muy pronunciadas (¡¡ya empezamos!!). A la salida una cuesta abajo muy pronunciada, con adoquines, me hace descabalgar: aún no controlo el peso de la bici.
Después de estos dos sustos decido ir por la carretera. Llego a Lizarra y sigo. Ya conozco la ciudad de otras veces, y apenas me quedo a observar la belleza de su casco medieval, esculpido en la roca, entre la que llega a camuflarse al usar como elemento constructivo la propia piedra que lo refugia.
Al salir primer repecho, Iratxe, monasterio y bodegas en la cima, reposo del peregrino con su fuente de agua y vino. Estoy demasiado entero. Ni paro.
Por la carretera no pasa nadie, voy entrando en calor, aprovecho para llegar hasta Los Arcos, donde paro en la plaza del pueblo, y me como una parte del bocadillo que traigo de casa. Tiene un centro histórico medieval, como todos los pueblos del camino supongo, así que no le doy más importancia y sigo adelante tras el descanso.
Continuo por la carretera hacia el primer puerto de montaña de mi recorrido: el alto de la Virgen del Poyo. Se oyen cantar las codornices entre el cereal, la primavera y el buen tiempo animan al reclamo del celo. La carretera es empinada pero se deja dominar, el camino se ve desde allí y esta impracticable para las bicis.
Ya en la cima, a la altura de la ermita, me encuentro con tres mujeres.Son de Madrid, apenas hacen quince kilómetros cada día y se las ve muy afables y animadas. Hablamos sobre los acentos. Una de ellas se apena que el deje madrileño pase desapercibido, "es hermoso la variedad sonora del castellano" afirma (gran verdad!).
Me dirijo a Viana donde comeré otro bocata. Conozco perfectamente el pueblo y se de su belleza, de ser un lugar que te transporta a otras épocas. En la plaza de la iglesia me encuentro a Isidro, un canario vacilón que me entra diciendo: "¿vienes de mudanza con todas esas cosas que llevas?". Descubriré después que era una pregunta/vacile muy frecuente en él. Isidro, hará el papel en esta historia de Buen Samaritano, preocupado por el bienestar del peregrino (léase peregrina). En la plaza intercambiamos experiencias cicloturistas mientras trata de enseñar a unos niños cuántas y cuáles son las Islas Canarias (¡¡misión geográfica imposible para un navarro!!).
Me invita a acompañarlo, él viene también solo, y por el camino hablamos y hablamos. Me enseña que hay que saludar a todos los peregrinos y para ello hay que frenar antes de superarlos. En la bajada hacia Logroño nos encontramos, por primera vez, con dos ciclistas de Lleida, Albert y Rosa. También estrenaré, donde Felisa, mi Credencial del Peregrino, con mi primer sello.
Logroño se hace largo y pesado de transitar, algo que sucederá como norma general en todas las ciudades. El parque que está al final parece que no se acaba nunca. Aprieta el calor. Algún aspersor y la sombra de los pinos de la Grajera mitigan la sensación, pero al salir a la intemperie siento que el hombre del mazo me visita y tengo que parar. Isidro se marcha sin mirar atrás, camino de Najera, final de etapa del día para él. Yo tenía pensado acompañarlo, pero el Camino te enseña que es ocioso hacer planes a priori.
Después de una parada me dirijo hacia Navarrete. Es evidente que el sol y el cansancio me están haciendo mella, así que decido quedarme allí mismo (¡¡imposible!!). Con el puente no hay ni una cama libre en todo el pueblo. El hospedero me recomienda que vaya a Sotés: allí todavía queda sitio.
Como puedo hago los cinco kilómetros que separan ambas localidades y me dirijo hacia la bodega que hace también las veces de albergue privado. Nos instalan en una de las habitaciones de la planta baja. El ambiente es agradable y la terraza bonita. Tienen una pequeña tienda donde me abastezco para el día siguiente.
Después de ducharme, lavar la ropa y hacer el bocadillo para el sábado, doy una vuelta y charlo con una familia de Ermua que tiene casa en el pueblo. Parecen aburridos, poco integrados y agradecen la posibilidad de charlar con alguien que no sea de Sotés. En el albergue la mayoría son extranjeros (todavía no he cruzado la barrera del idioma), y solo hay un grupo de tres hombres, dos andaluces y un catalán, que llegan a última hora.
Llamo por teléfono a todo el mundo, ceno un bocadillo de tortilla, leo un rato, (se está de vicio en la terraza!), y me marcho a la cama.
Sotés: Albergue privado (con sabanas!), limpio, 12 euros, desayuno incluido, dispone de tienda. Bar-restaurante casi contiguo.


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Día 2: Sotés - Burgos

Sabado
Amanece pronto, sobre todo para los peregrinos que caminan, algunos de los cuales para evitar el calor del mediodía, se ponen en marcha poco después de las cuatro de la mañana. Los ciclistas tenemos ventaja y siempre nos tomamos el despertar, así como el desayuno, de una manera mucho más relajada.
Coincido en el comedor con los andaluces y el catalán . Me cuentan que se conocieron en el camino hace un par de años, que congeniaron y que se dedican a hacer el Camino por tramos cuando sus obligaciones lo permiten. Comienzo a atisbar un curioso sentimiento: el peregrinaje a Santiago acerca a las personas y les une en un singular compañerismo, más allá de su procedencia, raza, sexo e incluso religión.
Parto hacia Najera por la carretera, he decidido que es mejor comenzar las etapas con un calentamiento por la carretera para después retomar el sendero. Estas tierras me son conocidas por lo que no le presto mucha atención al paisaje, casi ni paro en los pueblos.
Así llegaré hasta Santo Domingo de la Calzada, el descanso en la plaza de la catedral me sirve para observar las idas y venidas de los habitantes. Se dirigen a una procesión tradicional que, aunque lo intento, no soy capaz de encontrar encontrar.
Por la pista, de piedrilla suelta pero bastante buena, llego hasta Belorado, ya en la provincia de Burgos, localidad que tiene en obras su casco histórico y allí precisamente se enclava la torre que hace las veces de albergue. Por ello la parada que tenía prevista para comer la realizo fuera del pueblo, en un bar. Sentado en la terraza entablo conversación con unos italianos que me preguntan por la seguridad en los albergues, ya que tienen unos amigos que quieren venir al camino y les preocupa ese aspecto. Les respondo que no se preocupen, los peregrinos son de fiar y los albergues están acondicionados para dejar las bicis protegidas.
Parto rápido. Me espera la subida al puerto de La Pedraja (1150m) y el sol aprieta fuerte ya. La carretera pica para arriba hasta Espinosa del Camino, donde comienza realmente el puerto. Decido ir por el sendero, aunque la mayoría del tiempo tendré que ir a pie porque el terreno y el calor no permiten muchas alegrías. El puerto se hace largo y duro, pero el paisaje se muestra salvaje y espectacular, con frondosos bosques allá donde mire, que dan respiro al sofocante ambiente. En el alto encuentro un monumento a los caídos, al que lanzo un salivazo mientras paso, ante la incrédula mirada de unos peregrinos alemanes (¡¡ me supera que todavía existan estas evocaciones en el año 2008!!, ¡¡y para que lo disfruten miles de personas al año!!!).
El primer tramo de descenso es muy pronunciado por el sendero, voy andando, y le sigue una fuerte pendiente ascendente. Decido regresar cuanto antes a la carretera, y así lo hago gracias a un cortafuegos.
Llego a Agés y me homenajeo en el bar del albergue con una enorme jarra de cerveza, a imitación de unos peregrinos alemanes que narran con estruendosa alegría los avatares del día, después de haber superado la primera gran dificultad montañosa del viaje. Se esta muy bien en este pueblo tranquilo pero debo partir hacia Atapuerca. Quizá pueda visitar los yacimientos.
Al llegar decepción: esta todo completo para subir a la sierra (¡¡maldito puente!!). Miro en el albergue, que es muy bonito (de madera con un enorme jardín para descansar), pero también está full. Así que nada, otra vez será. Decido seguir hasta Burgos.
El camino de Atapuerca hasta Villalval es un cerro con un andadero lleno de piedras sueltas, impracticable para la bici. En la bajada encuentro un joven peregrino coreano que va en dirección contraria (¡¡surrealista!!).
La entrada a Burgos se hace eterna: primero, hay que desviarse por el aeropuerto y después, atravesar un largo polígono industrial. Pero todo tiene su recompensa y por fin encuentro la ribera del río y redescubro la belleza de la capital, con las torres de la catedral como faro. Allí me dirijo. Cruzo las puertas medievales y pregunto a unas personas por el albergue. Una de ellas, que va en bicicleta, se ofrece a acompañarme. La hospedería del centro es muy pequeña (aunque están terminando una enorme allí mismo) y no hay sitio. El ciclista, muy amable, se presta a acompañarme hasta el otro hospital de peregrinos, que dista unos dos kilómetros. El carril bici discurre por la ribera del Arlanzón en un fresco y agradable paseo, hasta el parque de El Parral, donde se enclava el albergue.
Dos grandes barracones hacen las veces de dormitorios en mitad del parque municipal. Fuera, en las campas, los domingueros se afanan en conseguir las brasas necesarias para asar sardinas. El hospitalero nos recibe con una sonrisa y mucha amabilidad. Allí me reencuentro con Isidro, conoceremos a un matrimonio de malagueños muy simpático, y veré por primera vez a Josep, Salva y Juan Pedro tratando de encontrar una llanta (¡¡vaya odisea hasta el Decathlon!!).
Me ducho, lavo la ropa y encamino mis pasos hasta el centro de la ciudad a hacer un poco de turismo. Me quedo sentado en la plaza de la catedral y trato de vislumbrar qué se sentiría al observar la magnificencia del edificio hace más de cinco siglos. Me llama la atención el contraste entre la pequeña plaza que da al pórtico principal y la envergadura del edificio. La espectacular catedral, hecha a mayor gloria de los hombres que no de dios, parece ligera a pesar de su volumen. El esqueleto metálico, que refuerza interiormente las torres le da un aire de fragilidad, de vieja dama que necesita un bastón para seguir erguida. La edad no perdona ni a las piedras. La calle está muy animada y paseo sin rumbo tratando de capturar el alma y el ritmo de la ciudad.
Compro algunos víveres para el domingo y decido cenar caliente: spaguettis y huevos con jamón que me saben como el mejor menú de Arzak (¡¡llevaba desde el jueves sin comer caliente!!). El ambiente en el albergue es agradable e invita a la conversación en el exterior así que allí estoy, con Isidro, hasta el toque de queda.
Trato de estirar mientras escucho la radio. El ambiente del barracón es pesado: demasiada gente, demasiado calor, demasiados olores, demasiados ruidos corporales, demasiados mosquitos... El cansancio gana.
El Parral: albergue municipal, muy grande, anexo al parque, 2 euros.





Día 3: Burgos - Carrión de los Condes

Domingo
En el albergue, un frugal desayuno será el previo a ponerme en marcha. Pronto una rodera (¡¡otra vez!!) me hace irme al suelo. Le devuelvo el saludo envuelto en miles de improperios. Más adelante hago un tramo del camino con un peregrino ingles (you know!!), un veterano con varios jacobeos a sus espaldas, hablamos de la diferencia entre el paisaje ingles y la estepa castellana que se vislumbra por todos lados. Al rato, una vez bajado un barranco llamado Matamulas (¡¡todos los barranquitos de Castilla parecen llamarse igual!!), me percato de que se me han caído las gafas, dejo la bici a un lado del camino y me dirijo de vuelta a por ellas, cuesta arriba (off course!).
Largos paramos separan Rabé y Hontanas, el día todavía es fresco, más aún en la bici, y se superan sin dificultad. Mucho peor es para los caminantes que tienen que pasar horas en la soledad y dureza de estos caminos.
Al fin, sorprendiendo al viajero, aparece Hontanas, en una hondonada apenas visible hasta que llegas a su borde. El pueblo, está tan incrustado en la tierra que parece que se da sombra a sí mismo, guareciendose del duro sol de estos parajes. Ya me habló Isidro, en Burgos, de las excelencias de los huevos con chorizo del albergue y de la calidad del agua de su fuente, y me apresté a verificar tales afirmaciones.
Desayuno en la plaza y entablo animada conversación con unos peregrinos malagueños, sobre la realidad de la (¿postcastrista?) Cuba actual.
Continuo al rato, disfrutando, ahora sí, de un bello paisaje: el color verde del cereal en primavera y la paz del lugar, solo rota por la sorpresiva salida de las perdices de sus camas en los lindes, asustadas por el sonido de la bici. El canto de estos pájaros pone la banda sonora a tan deliciosa mañana. Desde lejos se observa, situado en un altozano, el castillo de Castrojeriz, recuerdo mudo del sistema feudal basado en la agricultura cerealista. Impone vislumbrar el poder que pudo tener esa posición defensiva, situada en un lugar tan estratégico, desde donde se podía controlar todas los movimientos en kilómetros a la redonda, hasta la linea del horizonte.
A la salida del pueblo, una vez vadeado el río, se observa una loma de apenas un kilómetro, por donde discurre el camino. Es el Alto de Mostelares, que destaca, majestuoso, entre tanto llano. La subida se hace dura, sobre todo por la pendiente y por el polvo que se levanta en el pedregoso camino. Un descanso en su cima para observar el espectáculo del inacabable valle y retomo la marcha.
De ahí en adelante el sendero transcurre por una parcelaria bonita, con bastantes arboles, buscando siempre el frescor del agua. Primero el Pisuerga, que se cruza en Itero después de pasado un vetusto hospital-albergue, alcanzando así a la provincia de Palencia. Y más tarde por la ribera del Canal de Castilla, llegando hasta la villa de Frómista. Durante ese delicioso paseo pienso en lo acertado de la decisión de venir en mayo, cuando el trigo se viste de verde en el páramo, los días son largos y el sol no castiga al peregrino en cada descampado Esta época es, en definitiva, altamente recomendable.
En Frómista me detengo en una terraza a comer el bocata y observo a la gente. La enorme plaza se asemeja al anden de un intercambiador, un cruce de caminos con personas que van y vienen, aunque ninguna parece que quiera quedarse. No tengo prisa, mi meta de hoy está apenas a una hora, así que trato de disfrutar al máximo antes de las duras jornadas venideras. Con un pie en el pedal me encuentro con los de Barcelona, van a quedarse a dormir en Carrión, como yo.
El camino se desarrolla paralelo a una carretera que no tiene ningún transito, así que prefiero ir por el arcén. Una vez pasado Villamentero desando la ruta para ir a Villovieco a visitar a Santiago y Consuelo, los abuelos de mi amigo Iñaki Niño. Allí me reciben con gran hospitalidad y me invitan a comer (¡¡por segunda vez!!). Pasamos un buen rato hablando de la familia, del tiempo y contándome anécdotas relacionadas con el camino, en un salón de estar repleto de fotos de la familia. Todos marcharon lejos en busca de un futuro que se percibe difícil en esos pequeños pueblos de agricultores, curtidos por el duro sol del verano y el extremo frío del invierno. Me despido con pena y sigo pedaleando hacia Carrión de los Condes.
Llego a la capital de la comarca pronto, hacia las cuatro de la tarde. Buscando el albergue que me indicó Isidro me tropiezo con él. Me cuenta que tuvo un accidente llegando a Carrión, al saludar a unas peregrinas, él solo tiene unos rasponazos pero su bicicleta (¡¡la famosa Rayo Mc Queen!!) está para el arrastre. El lunes por la mañana la llevará al mecánico a ver si tiene arreglo y si no, decide que se comprará la Orbea que hay en el escaparate (¡¡todo sea por la aventura!!).
Me acompaña hasta el albergue, regentado por unas jóvenes monjas. Este hecho me sorprende bastante porque hacía muchos años que no había visto hermanas españolas de tan corta edad. Es algo que me parece imposible en la cultura urbana en la que vivimos, donde lo banal está tan presente en el día a día y choca frontalmente con el retiro espiritual y la ayuda al prójimo.El albergue es bastante nuevo, al entrar en la habitación asignada encuentro a una chica rubia haciendo unos estiramientos imposibles y bebiendo algo que intuyo que pueda ser mate. -"¿Argentina?"- pregunto, -"Uruguasha"- responde con acento casi porteño. Me ducho, lavo y voy a visitar la villa.
Doy un agradable paseo por la orilla del río. Cuando estoy tumbado en la hierba me sorprende una gran tormenta con granizo incluido. Al regresar encuentro a Salva, Juan Pedro y Josep que ya habían llegado y a los que los primeros truenos habían sorprendido mientras hacían la colada. Topo también con tres giputxis a los que la tormenta sorprendió en la ruta y buscaban sitio para refugiarse.
Los ciclistas y la uruguaya dedicamos el resto de la tarde a la charla distendida. Los sucedidos sobre el camino dominan la conversación. Rayando la noche, una vuelta para acabar de ver Carrión y una cena de menú darán por finalizado uno de los mejores y más relajados días en el Camino.
Albergue Espíritu Santo: bastante bueno, instalaciones nuevas, cuartos pequeños (14-16 personas), con derecho a cocina, servicio de lavado, internet y garaje propio, 8 euros.




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Día 4: Carrión de los Condes - León

Lunes
El día comienza con tranquilidad. Por delante se presenta la etapa más llana del viaje y, por lo tanto, la más rápida en un principio. Voy a desayunar copiosamente con Isidro, el canario, que tiene que esperar a que abran la tienda de bicis a eso de las nueve de la mañana. Tan distraídos estábamos hablando que por poco nos cierran las monjas el albergue, para marchar a sus obligaciones, con nuestras cosas dentro.
Parto solo, sin prisa, cruzando el magnifico puente que separa las dos orillas del río Carrión, dejando a Isidro con su incertidumbre atrás. Al pasar por Calzadilla de la Cueza observo su nuevo y bonito albergue, con un gran jardín para que repose el peregrino. Pronto rebaso a los caminantes que pasaron la noche con nosotros en Carrión y voy saludando a todos. Se nota que el camino es llevadero y el animo bueno. Como todas las mañanas voy escuchando música para centrarme y entrar en calor. Pronto el andadero se vuelve paralelo a la carretera, lo cual le hace más monótono. Yo prefiero ir por el arcén.
De esa manera llegaré a Sahagún, villa grande, de arquitectura mozárabe y plaza porticada. Allí aprovechare para tomar el hamaiketako con uno de los chorizos que me regalaron los abuelos de Niño. Un hombre se me acerca. Hablamos de nada en concreto.
Al salir de la villa me topo en el camino con una pareja de peregrinos caminantes que lleva a sus hijos, de cinco o seis años, y el equipaje, en sendos burros. Está claro que cada uno hace el Camino como quiere y puede. Esta forma es curiosa, pero más aún lo fue la de aquella peregrina, que había cargado a su caniche con mini alforjas, con la que me crucé en Castrojeriz.
Como el camino sigue paralelo a la carretera decido tomar el desvío de Calzada del Coto y coger la Vía Trajana. Los ingenieros romanos que diseñaron dicha vía lo tuvieron claro: la linea recta es el camino más corto entre dos puntos. La primavera suaviza la dureza del páramo, con enormes distancias entre un pueblo y el siguiente, sin apenas arbolado en el que protegerse de las inclemencias meteorológicas. El sendero comienza primero como una pista de tierra roja para convertirse en un autentico Paris-Roubaix, con una calzada con un duro empedrado, durante más de 30 kilómetros y donde no pinchar será un auténtico milagro.
Así llego hasta el oasis-pueblo de Calzadilla de los Hermanillos (¡¿quién puso el nombre a los pueblos de la zona?!), en cuyo albergue me sella convenientemente la Credencial una amable monja. Se extraña de mi presencia allí, ya que la mayoría de los peregrinos y sobre todo los ciclistas siguen la otra ruta. También me narra algunas anécdotas de sus tiempos de congregación en Bilbao, lo cual da pie a hablar de lo mucho que ha cambiado la ciudad.
El segundo tramo de la Trajana es más concurrido, sobre todo después del desvío del Burgo Ranero (vaya racha de nombres!!!), pero aún si cabe más duro para la bici que aguantará sin protestar. En este tramo tampoco hay más que un par de zonas habilitadas para que el peregrino se refugie, y el agua escasea. Incluso, para remediarlo, algún lugareño dejó a la fresca de un matorral un cubo de agua con una taza. Los kilómetros pasan despacio y la dureza de la calzada se refleja en los antebrazos, que soportan toda la vibración del manillar.
Casi exhausto llego a una zona de obras. Que después me informaran que es una conducción de agua, que rompe el camino, abriendo enormes pistas para la acometida de maquinaria. El desvío está mal señalizado pero allí se junta el Camino Francés con la Vía de la Plata. Estamos en Reliegos de las Matas.
Me recupero, a la sombra de una terraza, tomando una ensalada y algo fresco para beber en la placita del pueblo. Una anciana, ataviada con traje negro y un gran sombrero de paja, hace labores con bolillos a la puerta de su casa, ante el interés de un grupo de francesas de mediana edad, que la saca fotos y trata de entablar una imposible comunicación. Otra lugareña, muda para más señas, trata de averiguar porque está cerrado el consultorio medico ante la desesperación de la dueña del bar que le contesta que solo abren los martes "como toda la vida", y que hoy es lunes.
Se está tranquilo, fresco y cómodo, así que me quedo casi adormilado más de una hora. Decido marchar. Iré por la carretera hasta el albergue de la Juventud en León, lugar de destino de todos los ciclistas, pero primero me acercaré al albergue local a sellar. Allí paso de tertulia un rato con el hospitalero y, con pena, ya que el hombre resultó muy afable, me dirijo hacia la salida del pueblo.
Sin salir de Reliegos me encuentro con Isidro (vaya abrazo!!) y su Rayo McQueen (creando su propio mito!!!), hablando con las francesas de la plaza. Decidimos retomar el camino juntos. Me cuenta que el mecánico (vaya manos!!) le dejo la bici como nueva y por poco dinero, así que esta eufórico. Tanto que pone el turbo y me es casi imposible seguir su marcha. Me convence para ir al albergue de las Carbajalas en vez del otro y acaba por dejarme atrás en cuanto pica un poco para arriba.
La llegada a León se hace dura y el paisaje de pabellones industriales no emociona. Observo incluso a una peregrina descompuesta por el calor que, sin mochila, trata de cubrir los últimos kilómetros.
Después de una buena vuelta encuentro el convento en cuestión, que esta en el centro de la parte antigua de la ciudad. En un ambiente muy austero y bastante cuartelario me ducho, lavo la ropa y trato de relajarme mientras hablo con un yankee. Es sorprendente las diversas procedencias y razones de los peregrinos. Se podría escribir un buen tratado sobre el ser humano.
Isidro me cuenta que ha traído la mochila de una lituana (la que vi antes) durante un paseo por León en el que se afana en que admire la magnificencia de la catedral. Ese adjetivo no se lo niego, pero en estas enormes catedrales me es imposible encontrar la belleza y la verdadera devoción que observo en las pequeñas ermitas a lo largo del Camino. Una cuestión de punto de vista. Ceno solo, y bastante mal, en un bar y regreso rápido al albergue. A las nueve una monja de pequeño cuerpo, pero gran carácter, trata de reclutar gente para una misa, cerrando incluso el albergue. Isidro decide ir. Yo esperaré fuera. Mientras hablo con un grupo de tres donostiarras veo aparecer al fondo a una joven con minifalda tambaleándose (¡¡la lituana!!) que viene un poco perjudicada. Le explico la situación y después de intentar entrar a la capilla a timbrazo limpio, parece que se tranquiliza y trata de entablar conversación en ingles conmigo, sobre lo extraño que es ver una báltica, roja como un tomate, haciendo el Camino en vez de estar en Benidorm. A la salida Isidro, al observar la escena, se ríe, se une a nosotros y con la sonrisa en la boca estaremos los dos hasta que nos durmamos.
Albergue de las Carbajalas: grande, viejo, muy austero, con un patio pequeño y pavimentado, en el centro del casco histórico. La voluntad y con desayuno gratis

Día 5: León - Molinaseca

Martes
El desayuno gratuito reune a todos los peregrinos en un estresante acto matutino. El muyayo canario no tiene prisa porque solo va hasta Rabanal del Camino, apenas setenta kilómetros llanos, para el día siguiente atacar la Cruz de Fierro y O Cebreiro, en una etapa maratón. Trata de convencerme, pero creo que es un poco descompensado y prefiero acercarme hoy hasta Ponferrada para subir Cebreiro el miércoles. Por ello me pongo en camino yo solo.
Voy rápido hasta Astorga por la carretera general, quiero llevar la bici a engrasar y ajustar antes de las dos etapas más duras. Tan solo me aparto del arcén para pasar por Hospital de Orbigo, poder transitar por su enorme puente empedrado y conocer uno de las parajes más singulares del camino: el campo de justas medievales.
Para acceder al centro histórico de Astorga hay que subir un par de cuestas que se hacen duras, hasta llegar al albergue. Parece grande, bastante nuevo y está bien situado. Pregunto al hospitalero por una tienda de bicis y allí me dirijo. El dueño me atiende muy amablemente y mientras trabaja yo voy a dar una vuelta turística. Es día de mercado y se hace difícil transitar, compro chocolate, especialidad local, visito las ruinas romanas y la enorme mole que es la catedral que, por cierto, nada tiene que ver con la de Burgos o la de León.
En el mismo parque, al pie de la catedral, me encuentro con Isidro. Trata de convencerme para que me quede a comer con él y seguir después el viaje juntos. Cuando estaba convencido aparecen los tres ciclistas de Barcelona. Tienen un plan parecido al mio pero quedandose a dormir en Molinaseca, donde el albergue está bien acondicionado, no como el de Ponferrada, del que todo el mundo tiene malas referencias. En eso estamos cuando aparecen también la pareja de Lleida, que también van hasta Molinaseca. Decido acoplarme al grupo de Juan Pedro, Salva y Josep. A partir de este punto mi solitario transito se unirá al de ellos y juntos compartiremos las fatigas y alegrías que aún tenía el Camino por depararnos.
A la salida de Astorga tomamos el sendero en Murias de Rechivaldo, que tiene muchas piedras sueltas y empieza a picar hacia arriba, allí nos separaremos de Isidro. Salimos del andadero y seguimos la carretera hasta Castrillo de los Polvazares.
Josep, que viene un poco más atrás, no se da cuenta de que entramos en el pueblo para parar y sigue por la carretera. Juan Pedro tendrá que subir a por él mientras Salva y yo tomamos algo en el bar. Es un bonito purblo quenada tiene que ver con lo visto hasta ahora. Sus casa de piedra recuerdan a las pirenaicas y eso no puede sini indicar que las montañas están cerca. Comemos un menú del día. No soy muy partidario de almorzar copiosamente antes de hacer un esfuerzo pero un día es un día. Sin prisa nos disponemos a ponernos en marcha. Hace calor y el cielo amenaza tormenta, así que es hora de atacar los ocho kilómetros de subida que restan hasta la Cruz de Fierro (1500m), el punto más alto del camino. Como marca la tradición, recogemos una piedra para después depositarla en la cima. Circulamos por la carretera y la subida se hace más tendida de lo que esperaba. Juan Pedro y Salva llevan un buen ritmo, me cuentan que corren maratones de montaña y que por ello están en bastante buena forma y saben sufrir. Mientras, Josep va por detrás, a su ritmo. Él apenas hace unos meses que anda en bici y la verdad es que a pesar de sus continuas autocríticas no lo hace nada mal (llegar hasta aquí ya tiene merito!!!). Poco a poco las cumbres nos van rodeando por todos lados, en un paisaje de alta montaña huérfano de arboles y con campas que cuando se derrite la nieve semejan un paisaje desértico. Me alegro de hacer la ascensión con ellos, estoy seguro que yo solo me hubiera cebado en un ritmo alto y de este modo disfruto de la ascensión con un ritmo bueno.
Foncebadón se compone de apenas un par de casas, albergue y bar incluido, en mitad de un paisaje lunar. Desde luego no tiene nada que ver con el bucólico glamour de los pueblos de alta montaña beneficiados por el turismo de esquí. Allí nos encontramos con una peregrina australiana que está de muy buen humor al ver que tiene casi superado uno de los hitos del camino. La animada conversación nos permite descansar y tomar fuerzas para los últimos tramos. Decido acompañar a Josep, que está un poco castigado ya, y hacemos gran parte de estas últimas rampas andando.
Al fin llegamos a la cruz que corona el llamado monte Irago. Allí depositamos nuestra piedra y un ciclista holandés (en Netherlands no hay nada parecido!!) nos saca una foto de recuerdo. La alegría es inmensa, los abrazos sentidos. Cada vez vemos más cercano el objetivo y todavía tenemos fuerzas. Lo celebramos comiendo el chocolate de Astorga y bebiendo un trago de Isostar (la vida sana es lo que tiene!!).
Nos aprestamos al descenso, primero debemos subir otro par de rampas cortas pero duras, así que nos ponemos en marcha. Juan Pedro me indica que cerca de allí, en Manjarin, hay un poste con las distancias kilométricas a muchos lugares y que una foto allí puede ser un bonito recuerdo. Paramos. Los letreros se ubican al lado de un curiosisimo refugio donde habitan dos extraños hospitaleros, con más de sesenta años y apariencia hippy, que regentan una especie de cochambrosa borda que hace las veces de albergue y colmado. Al rato nos damos cuenta de la falta de Salva. ¿Se habrá caído en el kilómetro de bajada?... porque hacia adelante nadie le ha visto marchar... Juan Pedro se quita la mochila y sube a buscarlo, sin resultado. Coincidimos con Albert y Rosa, así como con los giputxis. Nadie le ha visto. Escrutamos el camino y parece que tampoco está por allí, nos preocupa el hecho de que haya tenido una caída porque el mismo reconoce que el descenso no es su fuerte. -"Orange informa: el teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento" responde una anodina voz femenina al llamar a su numero (¿qué hacer?).
Resolvemos subir hasta la última de las cuestas y ver si por casualidad pasó por delante y nos espera allí. Nada. Ha pasado casi una hora, la tarde se echa encima, la preocupación se refleja en la cara de sus amigos y por supuesto en la mía también. Lo mejor será bajar hasta Molinaseca y si no está allí llamar a la guardia civil para que vayan en su busca ahora que todavía hay luz.
El descenso lo hacemos de manera mecánica, solitaria y silenciosa. La carretera pica fuerte hacia abajo. En la aldea de El Acebo nos reagrupamos. Ahora falta Josep, que tarda más de lo normal. Al fin llega. Nos cuenta que por fin llamó Salva, que está en Molinaseca, que no nos vio, no paró en Manjarin y siguió hasta el albergue convencido de que íbamos por delante. El enfado convive con el alivio, pero la tensión no desaparece tan fácilmente sobre todo en el rostro de Juan Pedro.
Proseguimos el descenso. La carretera es buena, sin tráfico, y la bajada no es muy pronunciada. Ha rolado el aire y un cálido viento sur nos envuelve, arrastrando consigo un polen amarillo que pugna, incansable, por adentrarse en mis fosas nasales.
Por fin divisamos nuestro destino, Molinaseca, una localidad turística, típica bella estampa de pueblo de montaña. El albergue se encuentra a la salida y allí nos dirigimos. Salva nos está esperando en la puerta. La tensión de las últimos acontecimientos, sumado al bochorno del viento sur, electriza el animo en el reencuentro. La situación no pasa a mayores. Ya se discutirá en frió, decidimos.
Nos duchamos. Los confusos rótulos de las baños provocan un pequeño desconcierto que incluye el trasiego de peregrinos, pudicamente ataviados con toallas de rizo.
Después de hacer la colada, mientras descansamos tomando una cerveza en la terraza del albergue, el cielo estalla en una tormenta veraniega que ayudará a refrescar el ambiente y nuestro animo.
Recorremos brevemente las calles del pueblo, acondicionadas por el dinero del turismo que parece que nutre la economía del lugar, y cenamos un menú en uno de los restaurantes que allí encontramos. La conversación es agradable. Me siento feliz por formar parte de este mini pelotón vasco-catalán y por lo bien que he sido acogido en su grupo.
Regresamos al albergue. Todos duermen ya. Salva, "castigado", dormirá en otra habitación. Mañana será otro día.
Albergue de Santa Maria, Molinaseca: privado, amplio, nuevo y cómodo. Dispone de bar, con terraza, y servicio de comidas, así como lavadora y secadora. 7 euros.



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Día 6: Molinaseca - Triacastela

Miércoles
El día, otra vez, se presenta duro e intenso. Desayunamos en el albergue y salimos pronto, antes de las ocho.
Pasamos Ponferrada de largo, apenas vislumbrando a lo lejos su castillo, debido a unas obras que convierten en laberíntico el transito por el pueblo. Encontramos al fin el sendero del camino y por caminos vecinales asfaltados van pasando los kilómetros a buen ritmo. El día también acompaña.
Josep tiene unos problemas mecánicos en su bici, no le cambia el plato, así que decidimos parar en Cacabelos para solucionarlo antes de que el terreno empiece a complicarse. Vemos en la entrada del pueblo un taller de chapuzas con todo tipo de maquinaria y el tipo nos dice que él no sabe arreglar bicicletas (???) y nos envía al taller especializado, al final del pueblo. Cruzamos el puente sobre un río que viene crecido por las lluvias de abril. A la derecha de la carretera se emplaza un caserío con un regato que cruza justo por debajo de uno de sus aleros. Esa parte del pueblo es fantástica. La que no lo será tanto será la reacción del encargado de la tienda de bicis, ocupado en el arreglo de un motor, que nos espeta que debemos esperar varias horas, porque esta muy ocupado y hay varias bicis de peregrinos también esperando. Mentira, en la tienda no se ve ninguna bicicleta para arreglar. Normalmente las gentes de los pueblos del Camino se desviven para ayudar al peregrino, (¡¡el negocio va en ello!!) así que nos extraña y nos enfada esa reacción. Josep hace un apaño y decidimos seguir como podamos los ocho kilómetros que nos separan de Villafranca.
La carretera se vuelve ya difícil con un continuo sube y baja, con rampas duras a veces. Josep, encorajinado, las supera con un desarrollo que ni el propio Indurain sería capaz de mover. En el camino, pasado Pieros, nos encontramos con un grupo formado por parejas mexicanas de mediana edad (¡¡andele, andele!!) que aspiran a subir hasta Cebreiro hoy. Parecen unos domingueros, sin apenas equipaje, sin ropa adecuada, sin casco, sin preparación... El afán de aventura ralla con la inconsciencia demasiadas veces. Los encontraremos en varias ocasiones más hasta el pie del monte. Luego, quién sabe lo que fue de ellos.
Al pueblo de Villafranca del Bierzo se accede por las inmediaciones de su castillo, sorprendentemente de propiedad privada, y transitando unas estrechas callejuelas en las que tan sólo cabe un coche pero que, de manera incomprensible, son de doble dirección. Encontramos con facilidad la tienda de bicis, donde nos atienden de maravilla y, mientras trabajan, decidimos tomar un hamaiketako en una terracita. El buen tiempo hace que la plaza esté muy transitada y las terrazas ocupadas, preferentemente por gentes que como nosotros se dirigen a Compostela. En una mesa más alejada, casi a la entrada del bar, está ocupada por un grupo de peregrinos con aire hippy. Una de las chicas está escayolada, parece que ha llegado al final del camino. En otra encontramos una pareja de jóvenes: una morena alta de bastante buen ver y el que parece que es su novio. En la mesa contigua se sienta un grupo compuesto por dos donostiarras y una pareja de austriacos. Estos últimos nos cuentan que hace un mes que salieron y que lo llevan bien, aunque uno de ellos se queja de un problema muscular en la rodilla. Salva, que es enfermero, le echa un vistazo y le da una recomendación: descanso. Cualquier cosa menos esa, hay que seguir como sea. El austriaco, en broma, finje una voz muy grave, que con la sonoridad del alemán asemeja a un hooligan borracho en medio de la Oktoberfest. En verdad es un grupo curioso, en la que la principal distracción consiste en ver quién es más peculiar.
Reanudamos la marcha. Hasta Las Ferrerías el andadero discurre entre el río y una carretera, la antigua nacional, sin apenas circulación. Nos encontramos con los giputxis que primero nos rebasan para después detenerse más adelante obligados por un extraño pinchazo (¡¡una cascara de pistacho!!). La autovía, a la izquierda, parece que se acerca cada vez más a nosotros. A lo lejos se vislumbran ya los altos montes que separan León y Galicia. Uno de ellos es O Cebreiro (1300m).
Estamos preparados para una durísima ascensión, para la que, según dicen, es la prueba más exigente del viaje. Se trata de apenas siete kilómetros, pero con algunas rampas al 20%. Al llegar al último pueblo antes de la ascensión, Hospital Inglés, nos encontramos con un holandés de sesenta años más o menos, que viaja solo en bici. Hablamos con él y nos dice que hay aproximadamente doce kilómetros al alto. Le vemos partir por la carretera, a la derecha del desvío, con un ritmo constante tirando de todo el peso de su enorme bici a base de golpes de riñón, la verdad es que tiene merito. Le seguimos. Al rato nos damos cuenta que nos hemos equivocado, de que estamos siguiendo la antigua nacional que sube hasta el alto de Piedrafita, en vez de seguir el sendero. Decidimos continuar. El puerto se hace duro a veces, pero el porcentaje se hace más que llevadero. Cada uno sube al ritmo que puede: yo trato de ir con un desarrollo pequeño porque me encuentro más a gusto, mientras que, por ejemplo Josep y Salva, llevan plato mediano. A Juan Pedro, que en vez de alforjas carga una mochila, la bicicleta le pesa menos y parece que sube más suelto. Cada kilómetro más o menos paramos para volver a reagruparnos. Aproximadamente una hora tardaremos en llegar al pueblo de Piedrafita.
En una rotonda, donde ya descansa el holandés, se ve la carretera que sube a Cebreiro, pero estos deciden parar a almorzar. Se homenajean con una paella y churrasco. Yo, sin hambre, prefiero beber una coca cola y degustar una barrita energética. Me parece imposible pedalear después de comer tanto.
Nos ponemos de nuevo en marcha. Los casi cinco kilómetros que separan ambos pueblos los hacemos por una carretera con el firme en buen estado y también con una pendiente continua bastante llevadera. Ya podemos observar Galicia del otro lado... y su climatología. Numerosas nubes cubren los montes que vemos a nuestros pies y que dibujan esa orografía tan distinta a la que hemos transitado hasta ahora. Incluso caen algunas gotas, fruto de la niebla en el alto (¡¡Galicia sin lluvia no es lo mismo!!).
Por fin divisamos un autobús lleno de peregrinos con las botas nuevas, estamos en la aldea de O Cebreiro.
Primero, visita a la iglesia de Santa María, donde nos sellan la acreditación por partida doble (¡¡el esfuerzo lo merece!!) Nos paramos a visitar la copa que se custodia allí, el Santo Grial (¡¡uno más!!), según cuentan los lugareños.
Para celebrarlo nos vamos a un bar a tomar algo. En el local nos juntamos con un par de navarricos que también andan en bici. Algunos toman orujo. Yo, más moderado, bebo una Estrella Galicia, que también sirve para celebrar la entrada en la Comunidad de la barra celeste. Los navarros nos informan que Isidro (¡¡más famoso ya que Madonna!!) ya llegó y está en el albergue de la aldea, así que hacía allí nos encaminamos. Es un buen albergue, nuevo y parece cómodo. Allá vemos sentado al muyayo, con su sempiterna sudadera naranja. Risas, anécdotas sobre la dureza de la subida, que él hizo por el sendero y sin poner pie a tierra (¡¡vaya merito!!). Entre unas cosas y otras se hace tarde. Hay que partir. Tratamos de convencerle para que se venga con nosotros y él para que nos quedemos, pero ni uno ni otro alteramos nuestras intenciones: Isidro, ya ha lavado su ropa y, total, no tiene prisa porque hasta el domingo no coge el avión de vuelta; nosotros que queremos seguir, y Salva tiene que estar en Santiago el viernes a la mañana como muy tarde. Al final nos despedimos, es probable que no volvamos a coincidir así que el "buen camino" suena a despedida definitiva.
Cuando parecía que ya estaba todo hecho el perfil muestra unos dientes de sierra que ascienden más que descienden. Con las piernas frías tras el descanso, la carretera se pone difícil, el peor tramo es el que sube hasta el Alto do Poio (1331 m), apenas cuatrocientos metros que se hacen bastante duros. Desde ese punto, ahora sí, el terreno ya definitivamente pica hacia abajo. El descenso, con una carretera en buenas condiciones, me resulta una gozada: sin casi trafico puedo trazar bien las amplias curvas, bajando a casi 70 km/h de media, hasta plantarnos sin remedio en el fin de etapa: Triacastela.
Nos encontramos con el ciclista holandés que nos recomienda el albergue en el que él se ha alojado. La verdad es que está bastante bien. Allí coincidimos también con los guipuzcoanos. Después de una reparadora ducha y de empaquetar la ropa de los cuatro para lavar (¡¡nos la devolvieron doblada y todo!!), nos apetece ir a tomar algo para celebrar el día. A la salida del local vemos a una peregrina de las que estaban en la plaza de Villafranca, la morena, pero sin novio, ¿como ha podido llegar si venía supuestamente a pie?. Juan Pedro decide ir a descubrir tamaño misterio. -"Oye, ya andas tu bastante para hacer tantos kilómetros en un día"- le espeta el catalán. La respuesta de la joven es sencilla: cogió el autobús, dejando atrás a su acompañante, porque tiene una tendinitis. Observamos, al verla bajar la calle, su imponente figura y que la verdad es que anda muy bien para tener algún tipo de lesión muscular. Nos reímos.
Vamos a un bar y al final acabamos decidiendo cenar. Una de pulpo y unos menús bien regados para celebrarlo. La chica de antes cena sola en una esquina del bar así que Salva, muy caballero él, la invita a acompañarnos. Nos cuenta que se llama Raquel, que también es de cerca de Barcelona y que ha venido al Camino en busca de un break en su vida, como forma de escapar de una rutina que la ahogaba (motivo muy común!!).
El bar se va llenando poco a poco. La televisión ruge con la previa del Madrid-Barça en el que "sólo" está en juego el orgullo. Decidimos marcharnos ya que el ruido es cada vez más estridente y Josep, socí del Barça prevé el resultado negativo y prefiere no verlo. Regresamos al albergue. En el exterior se oyen los gritos tras cada gol del Madrid. Mientras, charlamos en el salón del hospedaje, sin mirar la pantalla de televisión que esta encendida encima de nuestras cabezas. El mundo no importa, solo el Camino...
Albergue del Refugio del Oribio: privado, nuevo, cómodo aunque solo un baño por habitación, servicio de lavandería, salón, garaje particular. 8 euros.