Día 7: Triacastela - Melide

Jueves
Un desayuno completo y nos ponemos en marcha en una jornada en la que, a diferencia de las últimas, no nos espera una gran ascensión, pero en la que algunos de nosotros descubrimos el significado del adjetivo ciclista "pestoso".
Otra vez un equívoco acertado y llegamos a Sarria, por la carretera, de manera más sencilla a la esperada. Allí parados frente al extraño monasterio de Samos, que Juan Pedro conoce y sobre el que cuenta que está repleto de curiosas pinturas con homenajes pop, decidimos retomar el sendero y disfrutar mejor del paisaje.
Desde el principio del día observo un ambiente que me trae recuerdos de casa: los cielos que se visten, por primera vez en todo mi viaje, de gris; los pequeños rabos de nube que envuelven con niebla las cimas intentando huir y acercarse a la tierra; los menudos montes, apenas una pequeña ladera de fuerte pendiente, que enmarca los diferentes valles creados por los regatos; aldeas diseminadas donde conviven las casas de ricos ganaderos y pobres labriegos colgadas allí donde el terreno permite un breve descanso a la verticalidad; los arboles que pueblan las campas cubiertas de alta hierba, que dan un característico color verde, perenne incluso en los más secos días del estío...
El camino se hace difícil de seguir: los continuos virajes de la senda esconden nuevos cruces y los cruces nuevos virajes y nuevas sendas, en un continuo ascenso. Parece que los kilómetros no pasan y el día empieza a ponerse duro. Y después de desearlo tanto llega el descenso, aunque éste será para mí el momento más difícil de todo el viaje.
Mi bici, que se había portado fenomenal hasta el momento, estaba equipada con una cubierta casi lisa que había llamado la atención a peregrinos y curiosos al parecer demasiado fina para tan dura experiencia. Cuando el sendero se puso muy desigual y se juntó con el agua, en un terreno en el que las errekas circulaban libremente, no agarraba, y el terreno del descenso se convirtió en una pista de hielo que me obligó incluso a tirarme al margen para evitar males mayores. La tensión agarrotó mis antebrazos, que no mandaban la fuerza necesaria a mis manos para realizar una frenada suficiente, aumentando mis nervios, en un complicado bucle que auguraba el desastre. Con el susto en el cuerpo llegue como pude a Portomarín.
Cruzamos el largo puente que separa ambas orillas del río Miño para encontrarnos de frente con su otro puente, el antiguo que, como toda los monumentos del pueblo vio trasladadas todas sus piedras una a una desde su ubicación primigenia al construirse el embalse. Subimos hasta el albergue para que nos sellen pero está todavía cerrado. Parece bastante nuevo. Decidimos tomar algo e ir a comer. Para ello elegimos al azar un bar de menús en el centro del Portomarín. Mientras estamos disfrutando del postre en la terraza una tormenta, con granizo incluido, nos obliga a refugiarnos en el interior del local, entablando una divertida conversación con el dueño del establecimiento. Al rato parece que amaina y salimos encontrándonos con el canario (¡¡sempiterno!!), que ya llegó hace rato y ha salido a conocer el pueblo. Una vez más nuestros caminos se separaran ya que él ha decidido quedarse allí a dormir.
Partimos, ahora por la carretera, para acometer una subida continua de más de doce kilómetros. El agua de la tormenta se va evaporando, debido al calor del asfalto, dando una imagen un tanto fantasmagórica al recorrido en sus primeros metros. Aprovechamos para descansar y hacemos un alto en el albergue de Gonzar, un edificio pequeño y nuevo, que a esas alturas del día ya está lleno, y es que se nota que nos acercamos a Santiago y que cada vez hay más peregrinos en busca del Jacobeo (necesario para la dispensa: 100 km a pie o 200 en bicicleta). La carretera se vuelve poco más que un camino vecinal. Lo que más recuerdo es el fortísimo olor a estiércol que inunda todo el recorrido y que me impide a veces abrir las fosas nasales en busca de más aire cuando el esfuerzo lo demanda.
A Salva en la bici le suena un chirrido extraño y como no tenemos aceite (lo dejó en Molinaseca porque pesaba!!!) decide parar en un pequeño bar del camino para engrasar con un poco de aceite de oliva. Al preguntar a la dueña del local esta le espeta de mal tono: -"¡si hombre, tu te crees que yo soy tonta!"- (¡¿cordialidad gallega?!), ante el estupor de los peregrinos que descansaban consumiendo en su terraza. Así que continuamos hasta el final de la subida, Ventas de Narón, donde allí sí nos atienden hospitalariamente.
Durante ese día coincidimos varias veces con Paco, un veterano ciclista de blanca barba, que venía haciendo la Ruta de la Plata y con un grupo de valencianos de Gátova entre los que estaba un padre, ciclista de los de toda la vida en el asfalto, y su hija, treintañera ya, a la que tenía que ayudar en muchas ocasiones empujando su marcha con una de las manos (¡¡meritorio sin duda lo de ambos!!).
El cielo amenaza lluvia y cuando quedan poco más de veinte kilómetros para llegar a Melide, el cielo baja, cubriendo las pequeñas cotas por las que circulamos, y descarga con fuerza, esta vez sobre nosotros. Nos refugiamos dentro de un bar en un lugar llamado O Rosario. Tras un buen rato decidimos ponernos la ropa de agua (¡¡por primera vez!!) y hacer los últimos kilómetros de descenso como podamos. El cielo nos ha engañado y, cuando parecía que iba a remitir, el aguacero se vuelve a cerrar sobre nosotros sin piedad.
El tramo final fue dantesco: demasiada lluvia y demasiado viento. Incluso tuvimos que hacer una parada para refugiarnos en el estrecho espacio de una marquesina de autobús. Llegamos exhaustos y empapados a Melide. La calle de acceso al pueblo es una recta que a mí, agotado por el esfuerzo del día, se me hace interminable.
Derrotados, llegamos al albergue, sin tiempo casi para ducharnos, lavar la ropa y salir a cenar antes del toque de queda, fijado a las nueve de la noche. De todas formas salimos a cenar a una pulpería y nos homenajeamos con cuatro raciones de pulpo (¡¡vaya gozada!!) y chuleta, todo ello bien regado por un par de botellas de albariño.
Al regresar al albergue observamos que la puerta está cerrada, aunque por una de las ventanas de la planta baja, que dan al salón grande, se intentan colar varios peregrinos, así que para allá que vamos. Al entrar en la habitación vemos a un grupo de personas, en las que tienen papel destacado los tres giputxis, de juerga, bebiendo orujo e intentando dirimir quien salía a por más ya que se estaba acabando el licor. Tras echar unas risas decidimos retirarnos prudentemente ya que al día siguiente había que estar pronto en Santiago.
Albergue de Melide: municipal, muy grande, funcional, con servicio de lavadora. 3 euros




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1 comentario:

JotaPé desde Polònia dijo...

Hola Jon! te envió una aclaración (¿tonta?) sobre "un grupo de valencianos de Paterna". Es que son de Gátova y se van a mosquear si leen tu blog. Por mi parte les he enviado un mail invitándoles a hacerlo a jromeroz@guay.com. Ellos colgaron las experiencias de dos de sus muchos viajes a Santiago en http://www.amigosdelciclismo.com/gatova/archivos/home.htm.
Agur y gracias,
JuanPedro