Día 4: Carrión de los Condes - León

Lunes
El día comienza con tranquilidad. Por delante se presenta la etapa más llana del viaje y, por lo tanto, la más rápida en un principio. Voy a desayunar copiosamente con Isidro, el canario, que tiene que esperar a que abran la tienda de bicis a eso de las nueve de la mañana. Tan distraídos estábamos hablando que por poco nos cierran las monjas el albergue, para marchar a sus obligaciones, con nuestras cosas dentro.
Parto solo, sin prisa, cruzando el magnifico puente que separa las dos orillas del río Carrión, dejando a Isidro con su incertidumbre atrás. Al pasar por Calzadilla de la Cueza observo su nuevo y bonito albergue, con un gran jardín para que repose el peregrino. Pronto rebaso a los caminantes que pasaron la noche con nosotros en Carrión y voy saludando a todos. Se nota que el camino es llevadero y el animo bueno. Como todas las mañanas voy escuchando música para centrarme y entrar en calor. Pronto el andadero se vuelve paralelo a la carretera, lo cual le hace más monótono. Yo prefiero ir por el arcén.
De esa manera llegaré a Sahagún, villa grande, de arquitectura mozárabe y plaza porticada. Allí aprovechare para tomar el hamaiketako con uno de los chorizos que me regalaron los abuelos de Niño. Un hombre se me acerca. Hablamos de nada en concreto.
Al salir de la villa me topo en el camino con una pareja de peregrinos caminantes que lleva a sus hijos, de cinco o seis años, y el equipaje, en sendos burros. Está claro que cada uno hace el Camino como quiere y puede. Esta forma es curiosa, pero más aún lo fue la de aquella peregrina, que había cargado a su caniche con mini alforjas, con la que me crucé en Castrojeriz.
Como el camino sigue paralelo a la carretera decido tomar el desvío de Calzada del Coto y coger la Vía Trajana. Los ingenieros romanos que diseñaron dicha vía lo tuvieron claro: la linea recta es el camino más corto entre dos puntos. La primavera suaviza la dureza del páramo, con enormes distancias entre un pueblo y el siguiente, sin apenas arbolado en el que protegerse de las inclemencias meteorológicas. El sendero comienza primero como una pista de tierra roja para convertirse en un autentico Paris-Roubaix, con una calzada con un duro empedrado, durante más de 30 kilómetros y donde no pinchar será un auténtico milagro.
Así llego hasta el oasis-pueblo de Calzadilla de los Hermanillos (¡¿quién puso el nombre a los pueblos de la zona?!), en cuyo albergue me sella convenientemente la Credencial una amable monja. Se extraña de mi presencia allí, ya que la mayoría de los peregrinos y sobre todo los ciclistas siguen la otra ruta. También me narra algunas anécdotas de sus tiempos de congregación en Bilbao, lo cual da pie a hablar de lo mucho que ha cambiado la ciudad.
El segundo tramo de la Trajana es más concurrido, sobre todo después del desvío del Burgo Ranero (vaya racha de nombres!!!), pero aún si cabe más duro para la bici que aguantará sin protestar. En este tramo tampoco hay más que un par de zonas habilitadas para que el peregrino se refugie, y el agua escasea. Incluso, para remediarlo, algún lugareño dejó a la fresca de un matorral un cubo de agua con una taza. Los kilómetros pasan despacio y la dureza de la calzada se refleja en los antebrazos, que soportan toda la vibración del manillar.
Casi exhausto llego a una zona de obras. Que después me informaran que es una conducción de agua, que rompe el camino, abriendo enormes pistas para la acometida de maquinaria. El desvío está mal señalizado pero allí se junta el Camino Francés con la Vía de la Plata. Estamos en Reliegos de las Matas.
Me recupero, a la sombra de una terraza, tomando una ensalada y algo fresco para beber en la placita del pueblo. Una anciana, ataviada con traje negro y un gran sombrero de paja, hace labores con bolillos a la puerta de su casa, ante el interés de un grupo de francesas de mediana edad, que la saca fotos y trata de entablar una imposible comunicación. Otra lugareña, muda para más señas, trata de averiguar porque está cerrado el consultorio medico ante la desesperación de la dueña del bar que le contesta que solo abren los martes "como toda la vida", y que hoy es lunes.
Se está tranquilo, fresco y cómodo, así que me quedo casi adormilado más de una hora. Decido marchar. Iré por la carretera hasta el albergue de la Juventud en León, lugar de destino de todos los ciclistas, pero primero me acercaré al albergue local a sellar. Allí paso de tertulia un rato con el hospitalero y, con pena, ya que el hombre resultó muy afable, me dirijo hacia la salida del pueblo.
Sin salir de Reliegos me encuentro con Isidro (vaya abrazo!!) y su Rayo McQueen (creando su propio mito!!!), hablando con las francesas de la plaza. Decidimos retomar el camino juntos. Me cuenta que el mecánico (vaya manos!!) le dejo la bici como nueva y por poco dinero, así que esta eufórico. Tanto que pone el turbo y me es casi imposible seguir su marcha. Me convence para ir al albergue de las Carbajalas en vez del otro y acaba por dejarme atrás en cuanto pica un poco para arriba.
La llegada a León se hace dura y el paisaje de pabellones industriales no emociona. Observo incluso a una peregrina descompuesta por el calor que, sin mochila, trata de cubrir los últimos kilómetros.
Después de una buena vuelta encuentro el convento en cuestión, que esta en el centro de la parte antigua de la ciudad. En un ambiente muy austero y bastante cuartelario me ducho, lavo la ropa y trato de relajarme mientras hablo con un yankee. Es sorprendente las diversas procedencias y razones de los peregrinos. Se podría escribir un buen tratado sobre el ser humano.
Isidro me cuenta que ha traído la mochila de una lituana (la que vi antes) durante un paseo por León en el que se afana en que admire la magnificencia de la catedral. Ese adjetivo no se lo niego, pero en estas enormes catedrales me es imposible encontrar la belleza y la verdadera devoción que observo en las pequeñas ermitas a lo largo del Camino. Una cuestión de punto de vista. Ceno solo, y bastante mal, en un bar y regreso rápido al albergue. A las nueve una monja de pequeño cuerpo, pero gran carácter, trata de reclutar gente para una misa, cerrando incluso el albergue. Isidro decide ir. Yo esperaré fuera. Mientras hablo con un grupo de tres donostiarras veo aparecer al fondo a una joven con minifalda tambaleándose (¡¡la lituana!!) que viene un poco perjudicada. Le explico la situación y después de intentar entrar a la capilla a timbrazo limpio, parece que se tranquiliza y trata de entablar conversación en ingles conmigo, sobre lo extraño que es ver una báltica, roja como un tomate, haciendo el Camino en vez de estar en Benidorm. A la salida Isidro, al observar la escena, se ríe, se une a nosotros y con la sonrisa en la boca estaremos los dos hasta que nos durmamos.
Albergue de las Carbajalas: grande, viejo, muy austero, con un patio pequeño y pavimentado, en el centro del casco histórico. La voluntad y con desayuno gratis

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