Día 3: Burgos - Carrión de los Condes

Domingo
En el albergue, un frugal desayuno será el previo a ponerme en marcha. Pronto una rodera (¡¡otra vez!!) me hace irme al suelo. Le devuelvo el saludo envuelto en miles de improperios. Más adelante hago un tramo del camino con un peregrino ingles (you know!!), un veterano con varios jacobeos a sus espaldas, hablamos de la diferencia entre el paisaje ingles y la estepa castellana que se vislumbra por todos lados. Al rato, una vez bajado un barranco llamado Matamulas (¡¡todos los barranquitos de Castilla parecen llamarse igual!!), me percato de que se me han caído las gafas, dejo la bici a un lado del camino y me dirijo de vuelta a por ellas, cuesta arriba (off course!).
Largos paramos separan Rabé y Hontanas, el día todavía es fresco, más aún en la bici, y se superan sin dificultad. Mucho peor es para los caminantes que tienen que pasar horas en la soledad y dureza de estos caminos.
Al fin, sorprendiendo al viajero, aparece Hontanas, en una hondonada apenas visible hasta que llegas a su borde. El pueblo, está tan incrustado en la tierra que parece que se da sombra a sí mismo, guareciendose del duro sol de estos parajes. Ya me habló Isidro, en Burgos, de las excelencias de los huevos con chorizo del albergue y de la calidad del agua de su fuente, y me apresté a verificar tales afirmaciones.
Desayuno en la plaza y entablo animada conversación con unos peregrinos malagueños, sobre la realidad de la (¿postcastrista?) Cuba actual.
Continuo al rato, disfrutando, ahora sí, de un bello paisaje: el color verde del cereal en primavera y la paz del lugar, solo rota por la sorpresiva salida de las perdices de sus camas en los lindes, asustadas por el sonido de la bici. El canto de estos pájaros pone la banda sonora a tan deliciosa mañana. Desde lejos se observa, situado en un altozano, el castillo de Castrojeriz, recuerdo mudo del sistema feudal basado en la agricultura cerealista. Impone vislumbrar el poder que pudo tener esa posición defensiva, situada en un lugar tan estratégico, desde donde se podía controlar todas los movimientos en kilómetros a la redonda, hasta la linea del horizonte.
A la salida del pueblo, una vez vadeado el río, se observa una loma de apenas un kilómetro, por donde discurre el camino. Es el Alto de Mostelares, que destaca, majestuoso, entre tanto llano. La subida se hace dura, sobre todo por la pendiente y por el polvo que se levanta en el pedregoso camino. Un descanso en su cima para observar el espectáculo del inacabable valle y retomo la marcha.
De ahí en adelante el sendero transcurre por una parcelaria bonita, con bastantes arboles, buscando siempre el frescor del agua. Primero el Pisuerga, que se cruza en Itero después de pasado un vetusto hospital-albergue, alcanzando así a la provincia de Palencia. Y más tarde por la ribera del Canal de Castilla, llegando hasta la villa de Frómista. Durante ese delicioso paseo pienso en lo acertado de la decisión de venir en mayo, cuando el trigo se viste de verde en el páramo, los días son largos y el sol no castiga al peregrino en cada descampado Esta época es, en definitiva, altamente recomendable.
En Frómista me detengo en una terraza a comer el bocata y observo a la gente. La enorme plaza se asemeja al anden de un intercambiador, un cruce de caminos con personas que van y vienen, aunque ninguna parece que quiera quedarse. No tengo prisa, mi meta de hoy está apenas a una hora, así que trato de disfrutar al máximo antes de las duras jornadas venideras. Con un pie en el pedal me encuentro con los de Barcelona, van a quedarse a dormir en Carrión, como yo.
El camino se desarrolla paralelo a una carretera que no tiene ningún transito, así que prefiero ir por el arcén. Una vez pasado Villamentero desando la ruta para ir a Villovieco a visitar a Santiago y Consuelo, los abuelos de mi amigo Iñaki Niño. Allí me reciben con gran hospitalidad y me invitan a comer (¡¡por segunda vez!!). Pasamos un buen rato hablando de la familia, del tiempo y contándome anécdotas relacionadas con el camino, en un salón de estar repleto de fotos de la familia. Todos marcharon lejos en busca de un futuro que se percibe difícil en esos pequeños pueblos de agricultores, curtidos por el duro sol del verano y el extremo frío del invierno. Me despido con pena y sigo pedaleando hacia Carrión de los Condes.
Llego a la capital de la comarca pronto, hacia las cuatro de la tarde. Buscando el albergue que me indicó Isidro me tropiezo con él. Me cuenta que tuvo un accidente llegando a Carrión, al saludar a unas peregrinas, él solo tiene unos rasponazos pero su bicicleta (¡¡la famosa Rayo Mc Queen!!) está para el arrastre. El lunes por la mañana la llevará al mecánico a ver si tiene arreglo y si no, decide que se comprará la Orbea que hay en el escaparate (¡¡todo sea por la aventura!!).
Me acompaña hasta el albergue, regentado por unas jóvenes monjas. Este hecho me sorprende bastante porque hacía muchos años que no había visto hermanas españolas de tan corta edad. Es algo que me parece imposible en la cultura urbana en la que vivimos, donde lo banal está tan presente en el día a día y choca frontalmente con el retiro espiritual y la ayuda al prójimo.El albergue es bastante nuevo, al entrar en la habitación asignada encuentro a una chica rubia haciendo unos estiramientos imposibles y bebiendo algo que intuyo que pueda ser mate. -"¿Argentina?"- pregunto, -"Uruguasha"- responde con acento casi porteño. Me ducho, lavo y voy a visitar la villa.
Doy un agradable paseo por la orilla del río. Cuando estoy tumbado en la hierba me sorprende una gran tormenta con granizo incluido. Al regresar encuentro a Salva, Juan Pedro y Josep que ya habían llegado y a los que los primeros truenos habían sorprendido mientras hacían la colada. Topo también con tres giputxis a los que la tormenta sorprendió en la ruta y buscaban sitio para refugiarse.
Los ciclistas y la uruguaya dedicamos el resto de la tarde a la charla distendida. Los sucedidos sobre el camino dominan la conversación. Rayando la noche, una vuelta para acabar de ver Carrión y una cena de menú darán por finalizado uno de los mejores y más relajados días en el Camino.
Albergue Espíritu Santo: bastante bueno, instalaciones nuevas, cuartos pequeños (14-16 personas), con derecho a cocina, servicio de lavado, internet y garaje propio, 8 euros.




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