Día 5: León - Molinaseca

Martes
El desayuno gratuito reune a todos los peregrinos en un estresante acto matutino. El muyayo canario no tiene prisa porque solo va hasta Rabanal del Camino, apenas setenta kilómetros llanos, para el día siguiente atacar la Cruz de Fierro y O Cebreiro, en una etapa maratón. Trata de convencerme, pero creo que es un poco descompensado y prefiero acercarme hoy hasta Ponferrada para subir Cebreiro el miércoles. Por ello me pongo en camino yo solo.
Voy rápido hasta Astorga por la carretera general, quiero llevar la bici a engrasar y ajustar antes de las dos etapas más duras. Tan solo me aparto del arcén para pasar por Hospital de Orbigo, poder transitar por su enorme puente empedrado y conocer uno de las parajes más singulares del camino: el campo de justas medievales.
Para acceder al centro histórico de Astorga hay que subir un par de cuestas que se hacen duras, hasta llegar al albergue. Parece grande, bastante nuevo y está bien situado. Pregunto al hospitalero por una tienda de bicis y allí me dirijo. El dueño me atiende muy amablemente y mientras trabaja yo voy a dar una vuelta turística. Es día de mercado y se hace difícil transitar, compro chocolate, especialidad local, visito las ruinas romanas y la enorme mole que es la catedral que, por cierto, nada tiene que ver con la de Burgos o la de León.
En el mismo parque, al pie de la catedral, me encuentro con Isidro. Trata de convencerme para que me quede a comer con él y seguir después el viaje juntos. Cuando estaba convencido aparecen los tres ciclistas de Barcelona. Tienen un plan parecido al mio pero quedandose a dormir en Molinaseca, donde el albergue está bien acondicionado, no como el de Ponferrada, del que todo el mundo tiene malas referencias. En eso estamos cuando aparecen también la pareja de Lleida, que también van hasta Molinaseca. Decido acoplarme al grupo de Juan Pedro, Salva y Josep. A partir de este punto mi solitario transito se unirá al de ellos y juntos compartiremos las fatigas y alegrías que aún tenía el Camino por depararnos.
A la salida de Astorga tomamos el sendero en Murias de Rechivaldo, que tiene muchas piedras sueltas y empieza a picar hacia arriba, allí nos separaremos de Isidro. Salimos del andadero y seguimos la carretera hasta Castrillo de los Polvazares.
Josep, que viene un poco más atrás, no se da cuenta de que entramos en el pueblo para parar y sigue por la carretera. Juan Pedro tendrá que subir a por él mientras Salva y yo tomamos algo en el bar. Es un bonito purblo quenada tiene que ver con lo visto hasta ahora. Sus casa de piedra recuerdan a las pirenaicas y eso no puede sini indicar que las montañas están cerca. Comemos un menú del día. No soy muy partidario de almorzar copiosamente antes de hacer un esfuerzo pero un día es un día. Sin prisa nos disponemos a ponernos en marcha. Hace calor y el cielo amenaza tormenta, así que es hora de atacar los ocho kilómetros de subida que restan hasta la Cruz de Fierro (1500m), el punto más alto del camino. Como marca la tradición, recogemos una piedra para después depositarla en la cima. Circulamos por la carretera y la subida se hace más tendida de lo que esperaba. Juan Pedro y Salva llevan un buen ritmo, me cuentan que corren maratones de montaña y que por ello están en bastante buena forma y saben sufrir. Mientras, Josep va por detrás, a su ritmo. Él apenas hace unos meses que anda en bici y la verdad es que a pesar de sus continuas autocríticas no lo hace nada mal (llegar hasta aquí ya tiene merito!!!). Poco a poco las cumbres nos van rodeando por todos lados, en un paisaje de alta montaña huérfano de arboles y con campas que cuando se derrite la nieve semejan un paisaje desértico. Me alegro de hacer la ascensión con ellos, estoy seguro que yo solo me hubiera cebado en un ritmo alto y de este modo disfruto de la ascensión con un ritmo bueno.
Foncebadón se compone de apenas un par de casas, albergue y bar incluido, en mitad de un paisaje lunar. Desde luego no tiene nada que ver con el bucólico glamour de los pueblos de alta montaña beneficiados por el turismo de esquí. Allí nos encontramos con una peregrina australiana que está de muy buen humor al ver que tiene casi superado uno de los hitos del camino. La animada conversación nos permite descansar y tomar fuerzas para los últimos tramos. Decido acompañar a Josep, que está un poco castigado ya, y hacemos gran parte de estas últimas rampas andando.
Al fin llegamos a la cruz que corona el llamado monte Irago. Allí depositamos nuestra piedra y un ciclista holandés (en Netherlands no hay nada parecido!!) nos saca una foto de recuerdo. La alegría es inmensa, los abrazos sentidos. Cada vez vemos más cercano el objetivo y todavía tenemos fuerzas. Lo celebramos comiendo el chocolate de Astorga y bebiendo un trago de Isostar (la vida sana es lo que tiene!!).
Nos aprestamos al descenso, primero debemos subir otro par de rampas cortas pero duras, así que nos ponemos en marcha. Juan Pedro me indica que cerca de allí, en Manjarin, hay un poste con las distancias kilométricas a muchos lugares y que una foto allí puede ser un bonito recuerdo. Paramos. Los letreros se ubican al lado de un curiosisimo refugio donde habitan dos extraños hospitaleros, con más de sesenta años y apariencia hippy, que regentan una especie de cochambrosa borda que hace las veces de albergue y colmado. Al rato nos damos cuenta de la falta de Salva. ¿Se habrá caído en el kilómetro de bajada?... porque hacia adelante nadie le ha visto marchar... Juan Pedro se quita la mochila y sube a buscarlo, sin resultado. Coincidimos con Albert y Rosa, así como con los giputxis. Nadie le ha visto. Escrutamos el camino y parece que tampoco está por allí, nos preocupa el hecho de que haya tenido una caída porque el mismo reconoce que el descenso no es su fuerte. -"Orange informa: el teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento" responde una anodina voz femenina al llamar a su numero (¿qué hacer?).
Resolvemos subir hasta la última de las cuestas y ver si por casualidad pasó por delante y nos espera allí. Nada. Ha pasado casi una hora, la tarde se echa encima, la preocupación se refleja en la cara de sus amigos y por supuesto en la mía también. Lo mejor será bajar hasta Molinaseca y si no está allí llamar a la guardia civil para que vayan en su busca ahora que todavía hay luz.
El descenso lo hacemos de manera mecánica, solitaria y silenciosa. La carretera pica fuerte hacia abajo. En la aldea de El Acebo nos reagrupamos. Ahora falta Josep, que tarda más de lo normal. Al fin llega. Nos cuenta que por fin llamó Salva, que está en Molinaseca, que no nos vio, no paró en Manjarin y siguió hasta el albergue convencido de que íbamos por delante. El enfado convive con el alivio, pero la tensión no desaparece tan fácilmente sobre todo en el rostro de Juan Pedro.
Proseguimos el descenso. La carretera es buena, sin tráfico, y la bajada no es muy pronunciada. Ha rolado el aire y un cálido viento sur nos envuelve, arrastrando consigo un polen amarillo que pugna, incansable, por adentrarse en mis fosas nasales.
Por fin divisamos nuestro destino, Molinaseca, una localidad turística, típica bella estampa de pueblo de montaña. El albergue se encuentra a la salida y allí nos dirigimos. Salva nos está esperando en la puerta. La tensión de las últimos acontecimientos, sumado al bochorno del viento sur, electriza el animo en el reencuentro. La situación no pasa a mayores. Ya se discutirá en frió, decidimos.
Nos duchamos. Los confusos rótulos de las baños provocan un pequeño desconcierto que incluye el trasiego de peregrinos, pudicamente ataviados con toallas de rizo.
Después de hacer la colada, mientras descansamos tomando una cerveza en la terraza del albergue, el cielo estalla en una tormenta veraniega que ayudará a refrescar el ambiente y nuestro animo.
Recorremos brevemente las calles del pueblo, acondicionadas por el dinero del turismo que parece que nutre la economía del lugar, y cenamos un menú en uno de los restaurantes que allí encontramos. La conversación es agradable. Me siento feliz por formar parte de este mini pelotón vasco-catalán y por lo bien que he sido acogido en su grupo.
Regresamos al albergue. Todos duermen ya. Salva, "castigado", dormirá en otra habitación. Mañana será otro día.
Albergue de Santa Maria, Molinaseca: privado, amplio, nuevo y cómodo. Dispone de bar, con terraza, y servicio de comidas, así como lavadora y secadora. 7 euros.



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