Día 2: Sotés - Burgos

Sabado
Amanece pronto, sobre todo para los peregrinos que caminan, algunos de los cuales para evitar el calor del mediodía, se ponen en marcha poco después de las cuatro de la mañana. Los ciclistas tenemos ventaja y siempre nos tomamos el despertar, así como el desayuno, de una manera mucho más relajada.
Coincido en el comedor con los andaluces y el catalán . Me cuentan que se conocieron en el camino hace un par de años, que congeniaron y que se dedican a hacer el Camino por tramos cuando sus obligaciones lo permiten. Comienzo a atisbar un curioso sentimiento: el peregrinaje a Santiago acerca a las personas y les une en un singular compañerismo, más allá de su procedencia, raza, sexo e incluso religión.
Parto hacia Najera por la carretera, he decidido que es mejor comenzar las etapas con un calentamiento por la carretera para después retomar el sendero. Estas tierras me son conocidas por lo que no le presto mucha atención al paisaje, casi ni paro en los pueblos.
Así llegaré hasta Santo Domingo de la Calzada, el descanso en la plaza de la catedral me sirve para observar las idas y venidas de los habitantes. Se dirigen a una procesión tradicional que, aunque lo intento, no soy capaz de encontrar encontrar.
Por la pista, de piedrilla suelta pero bastante buena, llego hasta Belorado, ya en la provincia de Burgos, localidad que tiene en obras su casco histórico y allí precisamente se enclava la torre que hace las veces de albergue. Por ello la parada que tenía prevista para comer la realizo fuera del pueblo, en un bar. Sentado en la terraza entablo conversación con unos italianos que me preguntan por la seguridad en los albergues, ya que tienen unos amigos que quieren venir al camino y les preocupa ese aspecto. Les respondo que no se preocupen, los peregrinos son de fiar y los albergues están acondicionados para dejar las bicis protegidas.
Parto rápido. Me espera la subida al puerto de La Pedraja (1150m) y el sol aprieta fuerte ya. La carretera pica para arriba hasta Espinosa del Camino, donde comienza realmente el puerto. Decido ir por el sendero, aunque la mayoría del tiempo tendré que ir a pie porque el terreno y el calor no permiten muchas alegrías. El puerto se hace largo y duro, pero el paisaje se muestra salvaje y espectacular, con frondosos bosques allá donde mire, que dan respiro al sofocante ambiente. En el alto encuentro un monumento a los caídos, al que lanzo un salivazo mientras paso, ante la incrédula mirada de unos peregrinos alemanes (¡¡ me supera que todavía existan estas evocaciones en el año 2008!!, ¡¡y para que lo disfruten miles de personas al año!!!).
El primer tramo de descenso es muy pronunciado por el sendero, voy andando, y le sigue una fuerte pendiente ascendente. Decido regresar cuanto antes a la carretera, y así lo hago gracias a un cortafuegos.
Llego a Agés y me homenajeo en el bar del albergue con una enorme jarra de cerveza, a imitación de unos peregrinos alemanes que narran con estruendosa alegría los avatares del día, después de haber superado la primera gran dificultad montañosa del viaje. Se esta muy bien en este pueblo tranquilo pero debo partir hacia Atapuerca. Quizá pueda visitar los yacimientos.
Al llegar decepción: esta todo completo para subir a la sierra (¡¡maldito puente!!). Miro en el albergue, que es muy bonito (de madera con un enorme jardín para descansar), pero también está full. Así que nada, otra vez será. Decido seguir hasta Burgos.
El camino de Atapuerca hasta Villalval es un cerro con un andadero lleno de piedras sueltas, impracticable para la bici. En la bajada encuentro un joven peregrino coreano que va en dirección contraria (¡¡surrealista!!).
La entrada a Burgos se hace eterna: primero, hay que desviarse por el aeropuerto y después, atravesar un largo polígono industrial. Pero todo tiene su recompensa y por fin encuentro la ribera del río y redescubro la belleza de la capital, con las torres de la catedral como faro. Allí me dirijo. Cruzo las puertas medievales y pregunto a unas personas por el albergue. Una de ellas, que va en bicicleta, se ofrece a acompañarme. La hospedería del centro es muy pequeña (aunque están terminando una enorme allí mismo) y no hay sitio. El ciclista, muy amable, se presta a acompañarme hasta el otro hospital de peregrinos, que dista unos dos kilómetros. El carril bici discurre por la ribera del Arlanzón en un fresco y agradable paseo, hasta el parque de El Parral, donde se enclava el albergue.
Dos grandes barracones hacen las veces de dormitorios en mitad del parque municipal. Fuera, en las campas, los domingueros se afanan en conseguir las brasas necesarias para asar sardinas. El hospitalero nos recibe con una sonrisa y mucha amabilidad. Allí me reencuentro con Isidro, conoceremos a un matrimonio de malagueños muy simpático, y veré por primera vez a Josep, Salva y Juan Pedro tratando de encontrar una llanta (¡¡vaya odisea hasta el Decathlon!!).
Me ducho, lavo la ropa y encamino mis pasos hasta el centro de la ciudad a hacer un poco de turismo. Me quedo sentado en la plaza de la catedral y trato de vislumbrar qué se sentiría al observar la magnificencia del edificio hace más de cinco siglos. Me llama la atención el contraste entre la pequeña plaza que da al pórtico principal y la envergadura del edificio. La espectacular catedral, hecha a mayor gloria de los hombres que no de dios, parece ligera a pesar de su volumen. El esqueleto metálico, que refuerza interiormente las torres le da un aire de fragilidad, de vieja dama que necesita un bastón para seguir erguida. La edad no perdona ni a las piedras. La calle está muy animada y paseo sin rumbo tratando de capturar el alma y el ritmo de la ciudad.
Compro algunos víveres para el domingo y decido cenar caliente: spaguettis y huevos con jamón que me saben como el mejor menú de Arzak (¡¡llevaba desde el jueves sin comer caliente!!). El ambiente en el albergue es agradable e invita a la conversación en el exterior así que allí estoy, con Isidro, hasta el toque de queda.
Trato de estirar mientras escucho la radio. El ambiente del barracón es pesado: demasiada gente, demasiado calor, demasiados olores, demasiados ruidos corporales, demasiados mosquitos... El cansancio gana.
El Parral: albergue municipal, muy grande, anexo al parque, 2 euros.





No hay comentarios: