Viernes
Casi sin dormir por los nervios, cargo el equipo y me dirijo en mi coche con Bego, mi novia, hacia Puente la Reina
. Llegamos sobre las nueve al puente medieval, lugar emblemático elegido como punto de partida del viaje. Lleno de dudas por el incierto destino me puse en marcha. Bego prácticamente me tuvo que obligar a cruzar la carretera y a coger el sendero.
Era un día despejado, después haría calor, y por el momento se iba bien por el camino... o eso creía yo. No había hecho ni seis kilómetros cuando la rueda trasera golpea en la pared de una rodada profunda y me voy al suelo (¡¡yo me quiero ir a mi casa!!), así que, ya con miedo ,llegué a Zirauki. Bonito pueblo este, empedrado y con cuestas muy pronunciadas (¡¡ya empezamos!!). A la salida una cuesta abajo muy pronunciada, con adoquines, me hace descabalgar: aún no controlo el peso de la bici.
Después de estos dos sustos decido ir por la carretera. Llego a Lizarra y sigo. Ya conozco la ciudad de otras veces, y apenas me quedo a observar la belleza de su casco medieval, esculpido en la roca, entre la que llega a camuflarse al usar como elemento constructivo la propia piedra que lo refugia.
Al salir primer repecho, Iratxe, monasterio y bodegas en la cima, reposo del peregrino con su fuente de agua y vino. Estoy demasiado entero. Ni paro.
Por la carretera no pasa nadie, voy entrando en calor, aprovecho para llegar hasta Los Arcos, donde paro en la plaza del pueblo, y me como una parte del bocadillo que traigo de casa. Tiene un centro histórico medieval, como todos los pueblos del camino supongo, así que no le doy más importancia y sigo adelante tras el descanso.
Continuo por la carretera hacia el primer puerto de montaña de mi recorrido: el alto de la Virgen del Poyo. Se oyen cantar las codornices entre el cereal, la primavera y el buen tiempo animan al reclamo del celo. La carretera es empinada pero se deja dominar, el camino se ve desde allí y esta impracticable para las bicis.
Ya en la cima, a la altura de la ermita, me encuentro con tres mujeres.Son de Madrid, apenas hacen quince kilómetros cada día y se las ve muy afables y animadas. Hablamos sobre los acentos. Una de ellas se apena que el deje madrileño pase desapercibido, "es hermoso la variedad sonora del castellano" afirma (gran verdad!).
Me dirijo a Viana donde comeré otro bocata. Conozco perfectamente el pueblo y se de su belleza, de ser un lugar que te transporta a otras épocas. En la plaza de la iglesia me encuentro a Isidro, un canario vacilón que me entra diciendo: "¿vienes de mudanza con todas esas cosas que llevas?". Descubriré después que era una pregunta/vacile muy frecuente en él. Isidro, hará el papel en esta historia de Buen Samaritano, preocupado por el bienestar del peregrino (léase peregrina). En la plaza intercambiamos experiencias cicloturistas mientras trata de enseñar a unos niños cuántas y cuáles son las Islas Canarias (¡¡misión geográfica imposible para un navarro!!).
Me invita a acompañarlo, él viene también solo, y por el camino hablamos y hablamos. Me enseña que hay que saludar a todos los peregrinos y para ello hay que frenar antes de superarlos. En la bajada hacia Logroño nos encontramos, por primera vez, con dos ciclistas de Lleida, Albert y Rosa. También estrenaré, donde Felisa, mi Credencial del Peregrino, con mi primer sello.
Logroño se hace largo y pesado de transitar, algo que sucederá como norma general en todas las ciudades. El parque que está al final parece que no se acaba nunca. Aprieta el calor. Algún aspersor y la sombra de los pinos de la Grajera mitigan la sensación, pero al salir a la intemperie siento que el hombre del mazo me visita y tengo que parar. Isidro se marcha sin mirar atrás, camino de Najera, final de etapa del día para él. Yo tenía pensado acompañarlo, pero el Camino te enseña que es ocioso hacer planes a priori.
Después de una parada me dirijo hacia Navarrete. Es evidente que el sol y el cansancio me están haciendo mella, así que decido quedarme allí mismo (¡¡imposible!!). Con el puente no hay ni una cama libre en todo el pueblo. El hosp
edero me recomienda que vaya a Sotés: allí todavía queda sitio.
Como puedo hago los cinco kilómetros que separan ambas localidades y me dirijo hacia la bodega que hace también las veces de albergue privado. Nos instalan en una de las habitaciones de la planta baja. El ambiente es agradable y la terraza bonita. Tienen una pequeña tienda donde me abastezco para el día siguiente.
Después de ducharme, lavar la ropa y hacer el bocadillo para el sábado, doy una vuelta y charlo con una familia de Ermua que tiene casa en el pueblo. Parecen aburridos, poco integrados y agradecen la posibilidad de charlar con alguien que no sea de Sotés. En el albergue la mayoría son extranjeros (todavía no he cruzado la barrera del idioma), y solo hay un grupo de tres hombres, dos andaluces y un catalán, que llegan a última hora.
Llamo por teléfono a todo el mundo, ceno un bocadillo de tortilla, leo un rato, (se está de vicio en la terraza!), y me marcho a la cama.
Sotés: Albergue privado (con sabanas!), limpio, 12 euros, desayuno incluido, dispone de tienda. Bar-restaurante casi contiguo.
Ver mapa más grande
. Llegamos sobre las nueve al puente medieval, lugar emblemático elegido como punto de partida del viaje. Lleno de dudas por el incierto destino me puse en marcha. Bego prácticamente me tuvo que obligar a cruzar la carretera y a coger el sendero.Era un día despejado, después haría calor, y por el momento se iba bien por el camino... o eso creía yo. No había hecho ni seis kilómetros cuando la rueda trasera golpea en la pared de una rodada profunda y me voy al suelo (¡¡yo me quiero ir a mi casa!!), así que, ya con miedo ,llegué a Zirauki. Bonito pueblo este, empedrado y con cuestas muy pronunciadas (¡¡ya empezamos!!). A la salida una cuesta abajo muy pronunciada, con adoquines, me hace descabalgar: aún no controlo el peso de la bici.

Después de estos dos sustos decido ir por la carretera. Llego a Lizarra y sigo. Ya conozco la ciudad de otras veces, y apenas me quedo a observar la belleza de su casco medieval, esculpido en la roca, entre la que llega a camuflarse al usar como elemento constructivo la propia piedra que lo refugia.
Al salir primer repecho, Iratxe, monasterio y bodegas en la cima, reposo del peregrino con su fuente de agua y vino. Estoy demasiado entero. Ni paro.
Por la carretera no pasa nadie, voy entrando en calor, aprovecho para llegar hasta Los Arcos, donde paro en la plaza del pueblo, y me como una parte del bocadillo que traigo de casa. Tiene un centro histórico medieval, como todos los pueblos del camino supongo, así que no le doy más importancia y sigo adelante tras el descanso.
Continuo por la carretera hacia el primer puerto de montaña de mi recorrido: el alto de la Virgen del Poyo. Se oyen cantar las codornices entre el cereal, la primavera y el buen tiempo animan al reclamo del celo. La carretera es empinada pero se deja dominar, el camino se ve desde allí y esta impracticable para las bicis.
Ya en la cima, a la altura de la ermita, me encuentro con tres mujeres.Son de Madrid, apenas hacen quince kilómetros cada día y se las ve muy afables y animadas. Hablamos sobre los acentos. Una de ellas se apena que el deje madrileño pase desapercibido, "es hermoso la variedad sonora del castellano" afirma (gran verdad!).

Me dirijo a Viana donde comeré otro bocata. Conozco perfectamente el pueblo y se de su belleza, de ser un lugar que te transporta a otras épocas. En la plaza de la iglesia me encuentro a Isidro, un canario vacilón que me entra diciendo: "¿vienes de mudanza con todas esas cosas que llevas?". Descubriré después que era una pregunta/vacile muy frecuente en él. Isidro, hará el papel en esta historia de Buen Samaritano, preocupado por el bienestar del peregrino (léase peregrina). En la plaza intercambiamos experiencias cicloturistas mientras trata de enseñar a unos niños cuántas y cuáles son las Islas Canarias (¡¡misión geográfica imposible para un navarro!!).
Me invita a acompañarlo, él viene también solo, y por el camino hablamos y hablamos. Me enseña que hay que saludar a todos los peregrinos y para ello hay que frenar antes de superarlos. En la bajada hacia Logroño nos encontramos, por primera vez, con dos ciclistas de Lleida, Albert y Rosa. También estrenaré, donde Felisa, mi Credencial del Peregrino, con mi primer sello.

Logroño se hace largo y pesado de transitar, algo que sucederá como norma general en todas las ciudades. El parque que está al final parece que no se acaba nunca. Aprieta el calor. Algún aspersor y la sombra de los pinos de la Grajera mitigan la sensación, pero al salir a la intemperie siento que el hombre del mazo me visita y tengo que parar. Isidro se marcha sin mirar atrás, camino de Najera, final de etapa del día para él. Yo tenía pensado acompañarlo, pero el Camino te enseña que es ocioso hacer planes a priori.
Después de una parada me dirijo hacia Navarrete. Es evidente que el sol y el cansancio me están haciendo mella, así que decido quedarme allí mismo (¡¡imposible!!). Con el puente no hay ni una cama libre en todo el pueblo. El hosp
edero me recomienda que vaya a Sotés: allí todavía queda sitio.Como puedo hago los cinco kilómetros que separan ambas localidades y me dirijo hacia la bodega que hace también las veces de albergue privado. Nos instalan en una de las habitaciones de la planta baja. El ambiente es agradable y la terraza bonita. Tienen una pequeña tienda donde me abastezco para el día siguiente.
Después de ducharme, lavar la ropa y hacer el bocadillo para el sábado, doy una vuelta y charlo con una familia de Ermua que tiene casa en el pueblo. Parecen aburridos, poco integrados y agradecen la posibilidad de charlar con alguien que no sea de Sotés. En el albergue la mayoría son extranjeros (todavía no he cruzado la barrera del idioma), y solo hay un grupo de tres hombres, dos andaluces y un catalán, que llegan a última hora.
Llamo por teléfono a todo el mundo, ceno un bocadillo de tortilla, leo un rato, (se está de vicio en la terraza!), y me marcho a la cama.
Sotés: Albergue privado (con sabanas!), limpio, 12 euros, desayuno incluido, dispone de tienda. Bar-restaurante casi contiguo.
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