Viernes
Parece que el tiempo nos va a dar tregua esta mañana. Quizá nos deje completar lo
s últimos veinte kilómetros de nuestro viaje pudiendo disfrutar del paseo.
Parece que el tiempo nos va a dar tregua esta mañana. Quizá nos deje completar lo
s últimos veinte kilómetros de nuestro viaje pudiendo disfrutar del paseo.Desayunamos con Paco, que nos cuenta sus planes para cuando llegue a Santiago. Después volveremos a verle, ya que hemos quedado todos los ciclistas en el mismo restaurante para poder así celebrar la culminación de la experiencia jacobea.
Cogemos la carretera que, más que un perfil con toboganes, da la impresión de ser un falso llano (¡¡o sea subida!!) hasta Villamaior. A Juan Pedro le da una bajada de azúcar y paramos a desayunar por segunda vez hasta que se recupera.
Despu
és de la cuesta que lleva al aeropuerto, cogemos la pista que asciende (después de unos muros que parecen sacados del Tour de Flandes!!!) hasta el tan ansiado Monte do Gozo. El espíritu alegre se nota en todos los peregrinos y nos saludamos más efusivamente que de costumbre. A mi, incluso, la subida de adrenalina me hace gritar y cantar. Después de tantas pedaladas ya el final está a casi un tiro de piedra. Mientras al fondo ya se observan las torres de la catedral, ascendemos los últimos metros hasta el monumento para, en medio de un gran ambiente de euforia, abrazarnos y celebrar nuestra gesta. Posado para fotos, breve descanso en el monumento que recuerda la visita del anterior Papa, y partimos hacia la meta real delante de la catedral.
La entrada en Santiago es un poco caótica con callejeo continuo desde las universidades hasta la parte antigua de la ciudad. Se hace un poco larga, porque ya estamos deseando soltar la bici de una vez. La entrada a la plaza la hacemos andando, accediendo por las escaleras laterales, para encontrarnos de frente a la catedral en el punto de destino: la plaza del Obradoiro. Allí de nuevo abrazos y felicitaciones, más fotos y un breve descanso hasta que Salva y Josep solucionan un problema burocrático.
Con la bici ya definitivamente en la mano nos ponemos en marcha para ir a por nuestra Compostelana, que es el papel que certifica la peregrinación. En la fila se observa mucha gente, pero pocos con gesto de haber sufrido durante días e incluso meses. La verdad es que se les ve muy aseados y relajados. Una simpática chica me atiende al llegar mi turno, indicándome que rellene un cuestionario en el que debo señalar, por recomendación de Juan Pedro, que los motivos del viaje fueron religiosos, porque sino, no me darán el certificado...
Salimos del edificio y nos dirigimos a buscar alojamiento para pasar la noche. Señoras mayores, omnipresentes en el casco histórico, ofrecen habitaciones e incluso pisos enteros en el centro de Santiago para los peregrinos. Es lo más económico, pero decidimos que ya es hora de dormir en una buen
a cama y vamos en busca de un hostal que esté bien. No habrá mucho problema ya que de multitud de balcones cuelgan carteles ofreciendo hospedaje: se nota el tirón del turismo. Nos han recomendado uno en el cual nos informan de que no hay habitaciones disponibles, así que finalmente nos decidimos por ir a un hotelito, pequeño y arreglado de precio, que conoce Juan Pedro y allí sí encontramos acomodo.
Cogemos la carretera que, más que un perfil con toboganes, da la impresión de ser un falso llano (¡¡o sea subida!!) hasta Villamaior. A Juan Pedro le da una bajada de azúcar y paramos a desayunar por segunda vez hasta que se recupera.
Despu
és de la cuesta que lleva al aeropuerto, cogemos la pista que asciende (después de unos muros que parecen sacados del Tour de Flandes!!!) hasta el tan ansiado Monte do Gozo. El espíritu alegre se nota en todos los peregrinos y nos saludamos más efusivamente que de costumbre. A mi, incluso, la subida de adrenalina me hace gritar y cantar. Después de tantas pedaladas ya el final está a casi un tiro de piedra. Mientras al fondo ya se observan las torres de la catedral, ascendemos los últimos metros hasta el monumento para, en medio de un gran ambiente de euforia, abrazarnos y celebrar nuestra gesta. Posado para fotos, breve descanso en el monumento que recuerda la visita del anterior Papa, y partimos hacia la meta real delante de la catedral.La entrada en Santiago es un poco caótica con callejeo continuo desde las universidades hasta la parte antigua de la ciudad. Se hace un poco larga, porque ya estamos deseando soltar la bici de una vez. La entrada a la plaza la hacemos andando, accediendo por las escaleras laterales, para encontrarnos de frente a la catedral en el punto de destino: la plaza del Obradoiro. Allí de nuevo abrazos y felicitaciones, más fotos y un breve descanso hasta que Salva y Josep solucionan un problema burocrático.
Con la bici ya definitivamente en la mano nos ponemos en marcha para ir a por nuestra Compostelana, que es el papel que certifica la peregrinación. En la fila se observa mucha gente, pero pocos con gesto de haber sufrido durante días e incluso meses. La verdad es que se les ve muy aseados y relajados. Una simpática chica me atiende al llegar mi turno, indicándome que rellene un cuestionario en el que debo señalar, por recomendación de Juan Pedro, que los motivos del viaje fueron religiosos, porque sino, no me darán el certificado...
Salimos del edificio y nos dirigimos a buscar alojamiento para pasar la noche. Señoras mayores, omnipresentes en el casco histórico, ofrecen habitaciones e incluso pisos enteros en el centro de Santiago para los peregrinos. Es lo más económico, pero decidimos que ya es hora de dormir en una buen
Una ducha rápida y a la calle a comer. Cruzando una de las esquinas nos encontramos con Isidro (es el destino!!!) que justo llega en ese momento y está tan absorto que apenas escucha los gritos que le damos para que repare en nuestra presencia. Quedamos para más tarde. Después de un menú del día vamos en busca de la agencia de viajes para gestionar el regreso a casa. Allí están Albert y Rosa, tratando de solucionar los problemas burocráticos para poder alquilar un
coche con el que volver a Lleida. Al final decido ir en autobús y subo a buscar el billete hasta la estación con Isidro. En la guagua nos reímos y el muyayo me recrimina que lo haga tan alto (¡¡ para algo uno nació en Bilbao!!!). Al regreso vamos a visitar la catedral, entramos por la plaza del Obradoiro para poder ver el magnifico Pórtico de la Gloria, así como la columna del santo, que apenas se distingue, erosionada a fuerza de superstición peregrina en forma de cabezazos. Ya son las siete, así que el pasadizo que lleva hasta la reliquia del santo esta cerrado y nos conformamos con dar un buen paseo por el transepto, observando las capillas laterales y las inscripciones en la piedra.
Ya en la calle nos unimos a Juan Pedro, Josep y Salva para ir a tomar una caipirinha (típica según Isidro!!!), o dos, en la plaza contigua a la catedral. A las nueve hemos quedado para cenar en Casa Manolo, donde nos juntamos con los tres giputxis, los de Lleida y Paco el valenciano. El grupo de Gátova también cena allí, aunque en otra mesa. Comemos un menú, variado y barato, que es lo que se lleva allí, aunque lo que recordaremos siempre será ese ambiente de camaradería y amistad regado por cientos de anécdotas, acerca de una experiencia tan plena en todos los sentidos que vale la pena realizarla al menos una vez en la vida.
coche con el que volver a Lleida. Al final decido ir en autobús y subo a buscar el billete hasta la estación con Isidro. En la guagua nos reímos y el muyayo me recrimina que lo haga tan alto (¡¡ para algo uno nació en Bilbao!!!). Al regreso vamos a visitar la catedral, entramos por la plaza del Obradoiro para poder ver el magnifico Pórtico de la Gloria, así como la columna del santo, que apenas se distingue, erosionada a fuerza de superstición peregrina en forma de cabezazos. Ya son las siete, así que el pasadizo que lleva hasta la reliquia del santo esta cerrado y nos conformamos con dar un buen paseo por el transepto, observando las capillas laterales y las inscripciones en la piedra.Ya en la calle nos unimos a Juan Pedro, Josep y Salva para ir a tomar una caipirinha (típica según Isidro!!!), o dos, en la plaza contigua a la catedral. A las nueve hemos quedado para cenar en Casa Manolo, donde nos juntamos con los tres giputxis, los de Lleida y Paco el valenciano. El grupo de Gátova también cena allí, aunque en otra mesa. Comemos un menú, variado y barato, que es lo que se lleva allí, aunque lo que recordaremos siempre será ese ambiente de camaradería y amistad regado por cientos de anécdotas, acerca de una experiencia tan plena en todos los sentidos que vale la pena realizarla al menos una vez en la vida.
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1 comentario:
Hola Compañero, somos Rosa y Albert!
Menuda cena nos comimos (que bonito ese día, llegada y cena juntos) que bien lo pasamos, nuestros sentimientos como los tuyos, de nunca olvidar esta experiencia que vivimos. Nosotros al día siguiente aún vimos la misa por la mañana en la catedral y comimos con los amigos de Donosti, y nos despedimos allá por la tarde con tristeza pero con la esperanza de volver a vernos algun dia.
¡¡¡¡Un saludo y felicidades por este recuerdo tan bonito que nos has hecho!!!!!!
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