Miércoles
El día, otra vez, se presenta duro e intenso. Desayunamos en el albergue y salimos pronto, antes de las ocho.
El día, otra vez, se presenta duro e intenso. Desayunamos en el albergue y salimos pronto, antes de las ocho.
Pasamos Ponferrada de largo, apenas vislumbrando a lo lejos su castillo, debido a unas obras que convierten en laberíntico el transito por el pueblo. Encontramos al fin el sendero del camino y por caminos vecinales asfaltados van pasando los kilómetros a buen ritmo. El día también acompaña.
Josep tiene unos problemas mecánicos en su bici, no le cambia el plato, así que decidimos parar en Cacabelos para solucionarlo antes de que el terreno empiece a complicarse. Vemos en la entrada del pueblo un taller de chapuzas con todo tipo de maquinaria y el tipo nos dice que él no sabe arreglar bicicletas (???) y nos envía al taller especializado, al final del pueblo. Cruzamos el puente sobre un río que viene crecido por las lluvias de abril. A la derecha de la carretera se emplaza un caserío con un regato que cruza justo por debajo de uno de sus aleros. Esa parte del pueblo es fantástica. La que no lo será tanto será la reacción del encargado de la tienda de bicis, ocupado en el arreglo de un motor, que nos espeta que debemos esperar varias horas, porque esta muy ocupado y hay varias bicis de peregrinos también esperando. Mentira, en la tienda no se ve ninguna bicicleta para arreglar. Normalmente las gentes de los pueblos del Camino se desviven para ayudar al peregrino, (¡¡el negocio va en ello!!) así que nos extraña y nos enfada esa reacción. Josep hace un apaño y decidimos seguir como podamos los ocho kilómetros que nos separan de Villafranca.
La carretera se vuelve ya difícil con un continuo sube y baja, con rampas duras a veces. Josep, encorajinado, las supera con un desarrollo que ni el propio Indurain sería capaz de mover. En el camino, pasado Pieros, nos encontramos con un grupo formado por parejas mexicanas de mediana edad (¡¡andele, andele!!) que aspiran a subir hasta Cebreiro hoy. Parecen unos domingueros, sin apenas equipaje, sin ropa adecuada, sin casco, sin preparación... El afán de aventura ralla con la inconsciencia demasiadas veces. Los encontraremos en varias ocasiones más hasta el pie d
el monte. Luego, quién sabe lo que fue de ellos.
el monte. Luego, quién sabe lo que fue de ellos.Al pueblo de Villafranca del Bierzo se accede por las inmediaciones de su castillo, sorprendentemente de propiedad privada, y transitando unas estrechas callejuelas en las que tan sólo cabe un coche pero que, de manera incomprensible, son de doble dirección. Encontramos con facilidad la tienda de bicis, donde nos atienden de maravilla y, mientras trabajan, decidimos tomar un hamaiketako en una terracita. El buen tiempo hace que la plaza esté muy transitada y las terrazas ocupadas, preferentemente por gentes que como nosotros se dirigen a Compostela. En una mesa más alejada, casi a la entrada del bar, está ocupada por un grupo de peregrinos con aire hippy. Una de las chicas está escayolada, parece que ha llegado al final del camino. En otra encon
tramos una pareja de jóvenes: una morena alta de bastante buen ver y el que parece que es su novio. En la mesa contigua se sienta un grupo compuesto por dos donostiarras y una pareja de austriacos. Estos últimos nos cuentan que hace un mes que salieron y que lo llevan bien, aunque uno de ellos se queja de un problema muscular en la rodilla. Salva, que es enfermero, le echa un vistazo y le da una recomendación: descanso. Cualquier cosa menos esa, hay que seguir como sea. El austriaco, en broma, finje una voz muy grave, que con la sonoridad del alemán asemeja a un hooligan borracho en medio de la Oktoberfest. En verdad es un grupo curioso, en la que la principal distracción consiste en ver quién es más peculiar.
Reanudamos la marcha. Hasta Las Ferrerías el andadero discurre entre el río y una carretera, la antigua nacional, sin apenas circulación. Nos encontramos con los giputxis que primero nos rebasan para después detenerse más adelante obligados por un extraño pinchazo (¡¡una cascara de pistacho!!). La autovía, a la izquierda, parece que se acerca cada vez más a nosotros. A lo lejos se vislumbran ya los altos montes que separan León y Galicia. Uno de ellos es O Cebreiro (1300m).
Estamos preparados para una durísima ascensión, para la que, según dicen, es la prueba más exigente del viaje. Se trata de apenas siete kilómetros, pero con algunas rampas al 20%. Al llegar al último pueblo antes de la ascensión, Hospital Inglés, nos encontramos con un holandés de sesenta años más o menos, que viaja solo en bici. Hablamos con él y nos dice que hay aproximadamente doce kilómetros al alto. Le vemos partir por la carretera, a la derecha del desvío, con un ritmo constante tirando de todo el peso de su enorme bici a base de golpes de riñón, la verdad es que tiene merito. Le seguimos. Al rato nos damos cuenta que nos hemos equivocado, de que estamos siguiendo la antigua nacional que sube hasta el alto de Piedrafita, en vez de seguir el sendero. Decidimos continuar. El puerto se hace
duro a veces, pero el porcentaje se hace más que llevadero. Cada uno sube al ritmo que puede: yo trato de ir con un desarrollo pequeño porque me encuentro más a gusto, mientras que, por ejemplo Josep y Salva, llevan plato mediano. A Juan Pedro, que en vez de alforjas carga una mochila, la bicicleta le pesa menos y parece que sube más suelto. Cada kilómetro más o menos paramos para volver a reagruparnos. Aproximadamente una hora tardaremos en llegar al pueblo de Piedrafita.
Reanudamos la marcha. Hasta Las Ferrerías el andadero discurre entre el río y una carretera, la antigua nacional, sin apenas circulación. Nos encontramos con los giputxis que primero nos rebasan para después detenerse más adelante obligados por un extraño pinchazo (¡¡una cascara de pistacho!!). La autovía, a la izquierda, parece que se acerca cada vez más a nosotros. A lo lejos se vislumbran ya los altos montes que separan León y Galicia. Uno de ellos es O Cebreiro (1300m).
Estamos preparados para una durísima ascensión, para la que, según dicen, es la prueba más exigente del viaje. Se trata de apenas siete kilómetros, pero con algunas rampas al 20%. Al llegar al último pueblo antes de la ascensión, Hospital Inglés, nos encontramos con un holandés de sesenta años más o menos, que viaja solo en bici. Hablamos con él y nos dice que hay aproximadamente doce kilómetros al alto. Le vemos partir por la carretera, a la derecha del desvío, con un ritmo constante tirando de todo el peso de su enorme bici a base de golpes de riñón, la verdad es que tiene merito. Le seguimos. Al rato nos damos cuenta que nos hemos equivocado, de que estamos siguiendo la antigua nacional que sube hasta el alto de Piedrafita, en vez de seguir el sendero. Decidimos continuar. El puerto se hace
duro a veces, pero el porcentaje se hace más que llevadero. Cada uno sube al ritmo que puede: yo trato de ir con un desarrollo pequeño porque me encuentro más a gusto, mientras que, por ejemplo Josep y Salva, llevan plato mediano. A Juan Pedro, que en vez de alforjas carga una mochila, la bicicleta le pesa menos y parece que sube más suelto. Cada kilómetro más o menos paramos para volver a reagruparnos. Aproximadamente una hora tardaremos en llegar al pueblo de Piedrafita.En una rotonda, donde ya descansa el holandés, se ve la carretera que sube a Cebreiro, pero estos deciden parar a almorzar. Se homenajean con una paella y churrasco. Yo, sin hambre, prefiero beber una coca cola y degustar una barrita energética. Me parece imposible pedalear después de com
er tanto.
Nos ponemos de nuevo en marcha. Los casi cinco kilómetros que separan ambos pueblos los hacemos por una carretera con el firme en buen estado y también con una pendiente continua bastante llevadera. Ya podemos observar Galicia del otro lado... y su climatología. Numerosas nubes cubren los montes que vemos a nuestros pies y que dibujan esa orografía tan distinta a la que hemos transitado hasta ahora. Incluso caen algunas gotas, fruto de la niebla en el alto (¡¡Galicia sin lluvia no es lo mismo!!).
er tanto. Nos ponemos de nuevo en marcha. Los casi cinco kilómetros que separan ambos pueblos los hacemos por una carretera con el firme en buen estado y también con una pendiente continua bastante llevadera. Ya podemos observar Galicia del otro lado... y su climatología. Numerosas nubes cubren los montes que vemos a nuestros pies y que dibujan esa orografía tan distinta a la que hemos transitado hasta ahora. Incluso caen algunas gotas, fruto de la niebla en el alto (¡¡Galicia sin lluvia no es lo mismo!!).
Por fin divisamos un autobús lleno de peregrinos con las botas nuevas, estamos en la aldea de O Cebreiro.
Primero, visita a la iglesia de Santa María, donde nos sellan la acreditación por partida doble (¡¡el esfuerzo lo merece!!) Nos paramos a visitar la copa que se custodia allí, el Santo Grial (¡¡uno más!!), según cuentan los lugareños.
Para celebrarlo nos vamos a un bar a tomar algo. En el local nos juntamos con un par de navarricos que también andan en bici. Algunos toman orujo. Yo, más moderado, bebo una Estrella Galicia, que también sirve para celebrar la entrada en la Comunidad de la barra celeste. Los navarros nos informan que Isidro (¡¡más famoso ya que Madonna!!) ya llegó y está en el albergue de la aldea, así que hacía allí nos encaminamos. Es un buen albergue, nuevo y parece cómodo. Allá vemos sentado al muyayo, con su sempiterna sudadera naranja. Risas, anécdotas sobre la dureza de la subida, que él hizo por el sendero y sin poner pie a tierra (¡¡vaya merito!!). Entre unas cosas y otras se hace tarde. Hay que partir. Tratamos de convencerle para que se venga con nosotros y él para que nos quedemos, pero ni uno ni otro alteramos nuestras intenciones: Isidro, ya ha lavado su ropa y, total, no tiene prisa porque hasta el domingo no coge el avión de vuelta; nosotros que queremos seguir, y Salva tiene que estar en Santiago el viernes a la mañana como muy tarde. Al final nos despedimos, es probable que no volvamos a coincidir así que el "buen camino" suena a despedida definitiva.
Cuando parecía que ya estaba todo hecho el perfil muestra unos dientes de sierra que ascienden más que descienden. Con las piernas frías tras el descanso, la carretera se pone difícil, el peor tramo es el que sube hasta el Alto do Poio (1331 m), apenas cuatrocientos metros que se hacen bastante duros. Desde ese punto, ahora sí, el terreno ya definitivamente pica hacia abajo. El descenso, con una carretera en buenas condiciones, me resulta una gozada: sin casi trafico puedo trazar bien las amplias curvas, bajando a casi 70 km/h de media, hasta plantarnos sin remedio en el fin de etapa: Triacastela. Nos encontramos con el ciclista holandés que nos recomienda el albergue en el que él se ha alojado. La verdad es que está bastante bien. Allí coincidimos también con los guipuzcoanos. Después de una reparadora ducha y de empaquetar la ropa de los cuatro para lavar (¡¡nos la devolvieron doblada y todo!!), nos apetece ir a tomar algo para celebrar el día. A la salida del local vemos a una peregrina de las que estaban en la plaza de Villafranca, la morena, pero sin novio, ¿como ha podido llegar si
venía supuestamente a pie?. Juan Pedro decide ir a descubrir tamaño misterio. -"Oye, ya andas tu bastante para hacer tantos kilómetros en un día"- le espeta el catalán. La respuesta de la joven es sencilla: cogió el autobús, dejando atrás a su acompañante, porque tiene una tendinitis. Observamos, al verla bajar la calle, su imponente figura y que la verdad es que anda muy bien para tener algún tipo de lesión muscular. Nos reímos.
venía supuestamente a pie?. Juan Pedro decide ir a descubrir tamaño misterio. -"Oye, ya andas tu bastante para hacer tantos kilómetros en un día"- le espeta el catalán. La respuesta de la joven es sencilla: cogió el autobús, dejando atrás a su acompañante, porque tiene una tendinitis. Observamos, al verla bajar la calle, su imponente figura y que la verdad es que anda muy bien para tener algún tipo de lesión muscular. Nos reímos.Vamos a un bar y al final acabamos decidiendo cenar. Una de pulpo y unos menús bien regados para celebrarlo. La chica de antes cena sola en una esquina del bar así que Salva, muy caballero él, la invita a acompañarnos. Nos cuenta que se llama Raquel, que también es de cerca de Barcelona y que ha venido al Camino en busca de un break en su vida, como forma de escapar de una rutina que la ahogaba (motivo muy común!!).
El bar se va llenando poco a poco. La televisión ruge con la previa del Madrid-Barça en el que "sólo" está en juego el orgullo. Decidimos marcharnos ya que el ruido es cada vez más
estridente y Josep, socí del Barça prevé el resultado negativo y prefiere no verlo. Regresamos al albergue. En el exterior se oyen los gritos tras cada gol del Madrid. Mientras, charlamos en el salón del hospedaje, sin mirar la pantalla de televisión que esta encendida encima de nuestras cabezas. El mundo no importa, solo el Camino...
estridente y Josep, socí del Barça prevé el resultado negativo y prefiere no verlo. Regresamos al albergue. En el exterior se oyen los gritos tras cada gol del Madrid. Mientras, charlamos en el salón del hospedaje, sin mirar la pantalla de televisión que esta encendida encima de nuestras cabezas. El mundo no importa, solo el Camino...Albergue del Refugio del Oribio: privado, nuevo, cómodo aunque solo un baño por habitación, servicio de lavandería, salón, garaje particular. 8 euros.
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